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Estados Unidos conocerá mañana al sucesor de Obama

Tan antagónicas como el día y la noche son las hojas de ruta que siguen la demócrata Hillary Clinton y el republicano Donald Trump para intentar alcanzar la misma meta: la conquista de la Casa Blanca en las elecciones de mañana.

Pocas veces en la historia, Estados Unidos se ve abocado a elegir entre dos candidatos con personalidades y trayectorias tan dispares para desempeñar el cargo político más poderoso del mundo.

Clinton, hija de un tendero de Chicago, y Trump, heredero de un imperio inmobiliario en Nueva York, lanzaron sus órdagos presidenciales el año pasado, pero con estilos muy distintos.

Con dilatada experiencia política, la ex primera dama, exsenadora por Nueva York y ex secretaria de Estado anunció el 12 de junio de 2015 su candidatura presidencial por el Partido Demócrata para 2016.

“Me presento a la Presidencia (…). Cada día los estadounidenses necesitan un luchador, y yo quiero ser esa luchadora. Me lanzo a hacer campaña para conseguir su voto”, afirmó Clinton en un vídeo de dos minutos emitido en su web oficial, tras su intento fallido de 2008, cuando Barack Obama le arrebató la nominación presidencial.

Dos meses después, el magnate y estrella televisiva Donald Trump, todo un “forastero” de la política, campo en el que nunca ocupaba un puesto, oficializó el 16 de junio sus aspiraciones al ritmo del legendario himno de Neil Young “Rockin’In The Free World”.

“Damas y caballeros, voy a entrar oficialmente en la carrera para presidente de EEUU, y vamos a hacer nuestro país grande de nuevo”, dijo Trump en un discurso de 45 minutos, flanqueado por su familia ante cientos de asistentes en uno de sus rascacielos neoyorquinos.

A partir de ahí comenzó una carrera muy desigual hacia la Casa Blanca: por un lado, Clinton, con todas las quinielas a favor y el apoyo incondicional de su partido; y por otro, Trump, con todos los pronósticos en contra y el rechazo de su propia formación política.

Pese a sus diferencias, Clinton y Trump sí coinciden en algo que revelan todas las encuestas: son los dos candidatos presidenciales más impopulares de la historia moderna de EEUU.

Hillary Clinton, de la continua derrota a la pelea final

Todo empezó en 1972 con una derrota premonitoria: no iba a ser fácil, pero tampoco a rendirse. Una joven nacida en Chicago, de apenas 25 años, se fue a hacer campaña a Texas por el entonces aspirante presidencial demócrata George McGovern. Se llamaba Hillary Rodham y comenzó perdiendo.

Mientras estudiaba Derecho en la Universidad de Yale, el compromiso con el servicio público ya le latía, así que decidió viajar al Medio Oeste para ayudar al registro de votantes en el segundo estado más grande del país, acompañada de su novio, también estudiante de leyes. Se llamaba Bill Clinton.

Comenzó perdiendo en aquella campaña, como perdería más de 30 años después, en 2008, ante el joven y encantador senador Barack Obama tras una vida entera de lucha y progreso no exenta de escándalos, pero nadie dijo que fuera fácil, y ella lo sabía desde el principio.

Hoy Hillary Clinton está más cerca que nunca de alcanzar la Casa Blanca, a apenas unos días de saber si toda una vida de empeño puede por fin dar sus frutos y convertirse en la primera mujer presidenta de Estados Unidos, reivindicándose así como un eterno Ave Fénix.

Experta en capear escándalos políticos y personales, Clinton, quien nunca renunció a su apellido de soltera, se especializa en trufar disciplina y resiliencia, apretar los dientes y seguir adelante.

Durante el periodo de primarias, la sombra de la derrota de 2008 planeó sobre su cabeza, cuando ganó por un margen estrechísimo ante Bernie Sanders en Iowa, y fue derrotada de forma aplastante por el senador en Nuevo Hampshire, un escenario peligroso para el inicio electoral.

Como si a un plato le faltara la sal, a su vida pública no le podía faltar la polémica, así que en este periodo electoral el escándalo por su uso de un servidor privado de correo electrónico mientras era secretaria de Estado (2009-2013) hizo el cupo.

Aunque la Justicia decidió no procesarla a unas semanas de la Convención Nacional Demócrata en julio, la semana pasada, cuando las encuestas le auguraban un final de campaña tranquilo, el escándalo resucitó con la decisión del director del FBI, James Comey, de investigar nuevos documentos encontrados en otro caso y que, según notificó al Congreso, podrían estar relacionados con Clinton.

La ausencia de obstáculos no era posible.

En su época de primera dama, cuando empezó a cobrar especial relevancia en la esfera pública, Clinton ya avisó de que no se quedaría en la caridad y las visitas formales -literalmente advirtió que no se dedicaría a “hacer galletas y servir té”-, sino que aspiró a cambiar las políticas federales.

Su iniciativa para impulsar una reforma sanitaria la situó como la primera esposa presidencial que no se limitaba a decorar las fotografías, pero aquella vez también perdió en el primer asalto.

Sin embargo, como una de sus señas de identidad, no cejó en su empeño, y cuando aún ocupaba su puesto en la Casa Blanca, y su marido finalizaba su mandato, se presentó como senadora por Nueva York (2001-2008), desde donde logró una pequeña victoria en esa materia al extender el acceso a la salud a los más pequeños.

Como “Rocky”, el boxeador de película con el que le gusta compararse, la abogada de derechos civiles, ex primera dama de Arkansas, ex primera dama del país, exsenadora y ex secretaria de Estado volvió a subir al ring para pelear.

El último asalto será contra Donald Trump, y el desenlace se conocerá el próximo martes.

Donald Trump, un “aprendiz” muy vanidoso para la Casa Blanca

El polémico magnate Donald Trump, candidato del Partido Republicano a la Casa Blanca en las elecciones del próximo 8 de noviembre, puede presumir de casi todo, menos de una cosa: experiencia previa en un cargo político.

En ese terreno, Trump bien podría asemejarse a un concursante de “The Apprentice” (“El aprendiz”), el popular programa que le lanzó al estrellato televisivo al grito de “¡Estás despedido!”.

“Yo no soy un político. Los políticos hablan y no actúan. Yo soy lo contrario”, subrayó Trump hace casi un año, tras postularse el 16 de junio de 2015 a la Casa Blanca con un controvertido discurso en el que llamó “violadores” a los inmigrantes mexicanos.

“Lo que realmente he sido es un empresario exitoso durante mucho tiempo”, matizó Trump, conocido por su autoestima sin límites.

Antes de competir por la Casa Blanca con una campaña plagada de insultos que ha sabido capitalizar el enojo de muchos votantes con la clase política de Washington, Trump era ya en EEUU toda una celebridad con una biografía digna de un guión de Hollywood.

Nacido el 14 de junio de 1946 en el neoyorquino barrio de Queens, Trump es el cuarto de los cinco hijos de Fred Trump, constructor de origen alemán, y Mary MacLeod, ama de casa de procedencia escocesa.

Tan rebelde era ya desde niño, que su padre tuvo que sacarlo a los 13 años de la escuela, donde agredió a un maestro, e internarlo en la Academia Militar de Nueva York. Trump se graduó en 1964 en la academia, donde alcanzó el rango de capitán e incluso vislumbró su destino: “Un día, yo seré muy famoso”, le comentó al cadete Jeff Ortenau.

En 1968, el magnate se licenció en Economía en la Escuela Wharton de la Universidad de Pensilvania, y se convirtió en el favorito para suceder a su padre al frente de la empresa familiar, Elisabeth Trump & Son, dedicada a edificios de alquiler de clase media en los barrios neoyorquinos de Brooklyn, Queens y Staten Island.

Trump se hizo en 1971 con las riendas de la compañía, rebautizada como The Trump Organization. El osado empresario empezó, pues, a cimentar su fama con deslumbrantes obras en Manhattan, como la Torre Trump, un lujoso rascacielos de 58 pisos con una cascada interior en plena Quinta Avenida desde el que, por cierto, lanzó su campaña presidencial.

El magnate levantó un imperio que incluye hoteles, campos de golf y casinos, un negocio este último que ha incurrido en cuatro bancarrotas pese al “éxito” del que alardea Trump.

Según la revista “Forbes”, el aspirante republicano posee una fortuna de cuatro mil 500 millones de dólares, pero Trump insiste en que la cifra asciende a 10 mil millones.

Con tres matrimonios y dos sonados divorcios (con la modelo checa Ivana Zelnickova en 1991 y la actriz estadounidense Marla Maples en 1999), la vida personal de Trump ha sido tan agitada como su carrera profesional, para deleite de la prensa del corazón. Desde 2005, el multimillonario, de confesión presbiteriana, está casado con la exmodelo eslovena naturalizada estadounidense Melania Knauss, de 46 años.

A pocos días de los comicios, Trump afronta un reto “a lo grande”, como a él gusta: equilibrar su ego con un mensaje que acabe de seducir al electorado para darle las llaves de la Casa Blanca. De lo contrario, el votante, como su personaje en “El aprendiz”, podría descalificarle en las urnas con un clamoroso “¡Estás despedido!”.