Variedades

Genios de la edad tardía

  • Nunca es tarde para aprender o impulsar esa idea que aún aguarda en el cajón. La juventud no siempre es divino tesoro, la libertad y la experiencia sí. Lo confirman grandes artistas tardíos, desde Ang Lee a José Saramago

 

 

Toni Morrison, premio Nobel de literatura, confesó una vez que le era imposible escribir de manera regular. La escritora afroamericana tenía un trabajo más o menos convencional de nueve a cinco, daba clases y además tenía que criar sola a dos hijos. Si no hubiese sacado fuerzas de flaqueza y hubiese madrugado lo indecible (veía la salida del sol y eso le cargaba de energía) ahora mismo no estaríamos hablando de ella. Morrison no publicó su primer libro hasta los 40, pero 22 años más tarde ya tenía Nobel y Pulitzer. Hay casos aún más extremos. Otro Nobel, José Saramago, se estableció como escritor a los 60 tras un intento a los 25. La Academia Sueca le concedía el galardón apenas 16 años después.

Morrison, Saramago, y un sinfín de artistas, pintores, inventores, empresarios o deportistas que aparecerán en estas líneas empezaron a destacar en sus carreras a edades más bien maduras o, como mínimo, inusualmente tardías. Y más si se comparan con el listón tan alto (o tan bajo, depende de cómo se mire) que dejaron, por ejemplo, autores de la talla de Clarice Lispector, Sylvia Plath, Susan Sontag o Jorge Luis Borges, por no citar a los niños prodigio por excelencia, Pablo Picasso o Charles Baudelaire. Entre los citados no habrá músicos, ni tampoco científicos, disciplinas que, al parecer, hay que cultivar a temprana edad si se quiere destacar. 

 

Eso sí, hay que recordar que incluso siendo un genio absoluto en alguna materia, con la edad siempre se pueden aprender aquellas cosas que otras personas comunes ya dominaban desde que eran pequeños. La hija de Marie Curie describió una vez la alegría casi infantil que experimentó su madre a los 50 años cuando dio sus primeras brazadas en el mar para aprender a nadar. Nunca es tarde para saber ni para hacer lo que sea, aunque poseas dos premios Nobel. Lev Tolstói (sobran las presentaciones, ¿no?) ya había escrito su primera novela a los 24 (todo normal) y luego labraría una carrera literaria sin parangón… Sin embargo no se ensañaría a montar en bicicleta hasta los 67 años. Tal vez no lo hubiese hecho, pero su hijo de siete años acababa de morir, le regalaron una bicicleta y el aristócrata anarquista, pacifista, cristiano y vegetariano halló una buena terapia en ello y se puso a pedalear para el asombro de todos sus vecinos.

Nunca es tarde para disfrutar de esa libertad que se logra al alcanzar metas creativas, al estudiar, descubrir nuevos mundos del saber aunque se tengan 60, 70 o los años que sean. 
Isabel Toledo (no busquen en Google) no posee, de momento, ningún galardón importante. Es una señora bastante anónima que nació en Albacete hace 67 años, que vive en Xàtiva, que se casó, tuvo hijos y trabajó durante décadas como funcionaria en la Agencia Tributaria. Como muchos de su generación, estudió menos de lo que hubiese querido, hasta que muchos años después, cuando ya superaba la cincuentena, se matriculó en Geografía e Historia. Lejos de aplacar el gusanillo del aprendizaje, se le despertó todavía más y se volvió a enrolar en el ejército de las aulas. En los últimos meses, la señora Toledo junto con un nutrido grupo de mayores (todos universitarios séniors, de más de 55 años, en España hay unos 25.000) han llevado a cabo una investigación que ha sacado a la luz hasta 400 fuentes y lavaderos de gran valor patrimonial, aljibe romano incluido, en el interior de varias casas de esta ciudad valenciana.

El hallazgo arqueológico forma parte de una de las asignaturas de la carrera de Geografía e Historia que estudian dentro del programa de mayores de la Universidad a Distancia (UNED). “Íbamos de casa en casa, como los vendedores de enciclopedias, pero en vez de ofrecer, preguntábamos si tenían fuentes para así documentarlas”, recuerda. Junto a Isabel Toledo hay todo tipo de alumnos veteranos, algunos con más estudios, algunos con menos, todos muy motivados. “Al principio, cuando te jubilas te sientes como que caes al vacío y entonces te encuentras con una oferta en la que te sientes participativo y útil”, confiesa la alumna a la que a veces los estudiantes veinteañeros habían confundido por profesora.

Toledo repite una y otra vez la palabra libertad y es en torno a ese concepto que ella y sus compañeros construyen proyectos después de décadas en los que no han sido libres para, por ejemplo, estudiar.“Hemos aprendido mucho de ellos”, confiesa Jaime Piqueras, doctor en Historia Medieval y profesor en la UNED de Historia del Arte. “Sus hallazgos son increíbles –añade la otra cotutora del proyecto, la arqueóloga Reyes Borredà–, pues han descubierto varias fuentes del siglo XIX y hasta una del XVII”. “Para ellos –añade Piqueras– ha sido algo natural, tienen una gran capacidad para relacionarse y a veces nos han dejado boquiabiertos”.

Hablando de quedar boquiabiertos, hay que recordar que Vincent van Gogh, del que este año se cumple el 125.º aniversario de su muerte, no empezó a pintar hasta los 27 años, hasta entonces sólo dibujaba. Su prolífica y deslumbrante producción se desarrolló durante apenas un decenio, pues murió a los 37. A esa edad, Raymond Chandler tampoco era escritor. El padre de Philip Marlowe trabajó hasta bien entrada los cuarenta en una compañía de petróleo hasta que perdió su empleo por la crisis económica. En el paro, y durante un viaje, Chandler se puso a leer revistas pulp, baratas pero atractivas, y de ahí sacó la idea de ganar un dinero escribiendo historias de detectives. La primera se publicó en 1933, cuando tenía 45 años. A partir de ahí, su carrera literaria y como guionista de Hollywood fue esplendorosa.

En ocasiones, estudiar, dedicarse a aquello que uno quiere no es posible de joven. Si a Alejandro Otero Dávila le hubiesen despedido como a Chandler igual se habría dedicado a lo que es hoy en día, pero como él era el jefe, esa posibilidad pronto quedó descartada. “Durante toda mi vida he sido un empresario de una cierta solvencia, proveedor de la factoría de Citroën de Vigo”, explica este estudiante universitario de 71 años vinculado a la universidad de esa ciudad gallega y que está cursando, entre otras materias, Astrofísica, Psicología o Evaluación del Medio Ambiente. Con el tiempo, Otero se ha convertido en el presidente de la Federación gallega de universitarios séniors (Fegaus) y es vocal en la confederación española Caumas.

Si para Isabel Toledo estudiar y conocer suponen una libertad inesperada, para Alejandro Otero significan también una oportunidad de transmitir conocimiento: “Nos hemos juntado un grupo de personas con un cierto bagaje, ingenieros navales, gente con éxito, muchos empleados de banca jubilados a los 55, marineros… Entendemos –ilustra– que cada vez que una persona mayor se mueve sin transmitir sus conocimientos es como si se quemara una biblioteca, así que hay que evitar que se quemen. Buscamos el envejecimiento activo de verdad. Estudiamos porque queremos, porque lo necesitamos”, apostilla.

En la Universidad de Vigo han insistido en esa idea de intercambio intergeneracional a tres bandas, en la que entran en juego los profesores, los alumnos jóvenes y los estudiantes veteranos. Además, a ese triángulo se añaden los universitarios extranjeros, que según explica Otero, a veces se sorprenden gratamente de la fórmula. “Además de evitar que se pierdan conocimientos, existe gente con experiencia y ganas de colaborar que pueden ayudar a los profesores”, completa.

La idea de partida es que siendo mayores, se podría decir que su vitalidad debe ser menor. Los profesores afirman justo lo contrario. “A este tipo de alumnos no hace falta animarlos, la búsqueda y documentación de las fuentes y aljibes –intervienen Jaime Piqueras y Reyes Borredà– la hicieron en los meses de verano, y las clases pueden ser hasta cierto punto bidireccionales, porque ellos te enseñan cosas, algo que con alumnos más jóvenes es mucho más difícil”, apuntan. “Estudiamos porque queremos, porque en nuestra época no pudimos, o veníamos de estratos sociales pobres”, recuerda Isabel Toledo, que de joven sólo pudo estudiar hasta Formación Profesional. Años después, su situación laboral mejoró cuando en su currículum académico pudo añadir que era licenciada.

Los métodos de aprendizaje con mayores pueden ser un buen campo de investigación para mejorar la educación a los jóvenes. Juan Ramón Alcocer Plà es profesor y psicólogo especializado en la rama educativa. Si tuviera que elegir una palabra para definir las sensaciones de aprender o crear algo a una edad tardía sería disfrute. “Los mayores disfrutan mucho porque su meta es aprender, pero no por un resultado ni una calificación académica, sino por una motivación interna… que es lo que a veces les falta a los alumnos jóvenes, que van un poco a ciegas”, explica. Alcocer Plà considera que, para un profesor, un alumno de una cierta edad es un regalo “porque están motivados, van a clase, estudian, revisan, se preparan la lección y te sorprenden de lo que saben”. No sólo eso, este psicólogo recuerda las ventajas neuronales de seguir activo. “Trabajamos la mente y los mecanismos de aprendizaje que a ciertas edades son muy importantes. Y si bien es cierto –apunta Alcocer– que hay alumnos mayores que tienen problemas de memoria a corto plazo y sus resultados académicos no son tan buenos, también es verdad que no es eso lo que se busca, sino la experiencia”. Además, recuerda este psicólogo, hay estudiantes séniors que tienen una base familiar sólida y están bien acompañados con cónyuge, hijos, nietos, pero hay otros que están más solos. Estos valoran mucho “la posibilidad de trabajar, estudiar y reunirse con personas que tienen las mismas motivaciones”, cuenta Alcocer.

Es difícil toparse con gente más feliz que la que ha alcanzado una meta, camino de la vejez o inmerso en ella: “Para mí, la mejor jubilación posible es apuntarse a la universidad”, explica Alejandro Otero. “Como yo hay mucha gente parecida, no soy un caso aparte, tengo muchos compañeros”, dice Isabel Toledo. En su grupo de trabajo suelen abundar más las mujeres que los hombres. “Yo, profesionalmente, también exploté tarde”, ha confesado alguna vez el director de cine taiwanés Ang Lee, director de Tigre y dragónBrokeback mountain o La vida de Pi y que no sacó su primer film hasta los 38 años. El éxito no le llegó hasta mucho más tarde, pero no tanto como a Penelope Fitzgerald, la gran escritora inglesa que publicó su primer libro rozando los 60 años. “¿Cuántos libros tienes que escribir y cuantos puntos y coma tienes que descartar para dejar de ser amateur?”, se preguntó la escritora cuando un editor la acusó de “aficionada”. Fitzgerald era una persona inteligentísima y muy bien formada, tímida y esquiva (también a la fama) que sufrió varios naufragios (algunos literales) en su vida. De sus peripecias escribió un puñado de novelas finalmente aclamadas que le valieron, entre otros premios, el prestigioso Booker Prize. Ella y Frank McCourt, autor del superventas Las cenizas de Angela, son dos de los escritores más tardíos. Curiosamente, y en comparación, lo es todavía más Josep Conrad, gran maestro de la literatura inglesa que a los 20 años… aún no hablaba ese idioma.