Carabobo

Opinión/ Douglas Gonzalez: En la Casa de Bolívar: entre la realidad y la ficción

Deme tres segundos que hablo con mi jefe y lo atiendo, dijo, y caminó hacia el fondo del pasillo, hasta una oficina con un ventanal réplica del estilo colonial del resto de la casa, por el que vimos a un hombre bajito, con lentes gruesos, levantarse de su escritorio y decirle a su empleado,
Seguro vino por lo del techo.
Luego ambos salieron y caminaron hacia la parte de atrás de la casa. No aparecieron más. 
 
Transcurrieron 40 minutos desde que yo había entrado por el zaguán, ese pasillo exterior de las casas de antes, con la sensación de que atravesaba un túnel donde se cruzan las almas que vienen y se van en su ludica eternidad. Pegado a sus paredes parecía escucharse el murmullo de los destinos cumplidos, y el de los pedazos de tiempo que se quedaron ahí aferrados a esos nueve metros de antesala imprecisa. Unos, temerosos de volver atrás donde no hay nada y  otros, de salir al exterior donde jamás existirían, porque les bastaba tener contacto con una micro milésima de segundo del tiempo real, actual, para ser desintegrados 250 años después.
 
Del fondo del pasillo vino un hombre moreno, alto, de unos sesenta años, era un albañil, vestía de caqui, y llevaba un sombrero de fieltro de color impreciso entre la arena y el curtido roce de los años. En la suela de sus zapatos parecía tener grabada la urgente necesidad de salir de aquel lugar. Qué riñones tiene esta gente, chico, me dijo, como si me conociera de años. Quieren arreglar todo este techo dándolo a uno tres reales, y se les está cayendo, hasta trapos con yeso y alquitrán hemos quitado de ahí arriba, mientras ellos se quedan con una millonada. Me dicen tranquilo maestro que las cámaras de televisión nunca enfocan el techo, Pero carajo chico, es la casa del Libertador, si hacen eso así, este techo se le cae con tres aguaceros más. Y el Presidente viene para acá el próximo sábado y lo peor es que  aquí no ha dejado de llover.
 
Salí detrás de aquél hombre siguiendo la urgencia de sus pasos, convencido de que si bien tenía una noticia, sobre el peligro de que se desplomara la Casa de Bolívar, la escribiría como una crónica, abandonando la rígida ortopedia de la 5 WH de la noticia el qué, cómo, cuándo, dónde, por qué, y a su pirámide invertida, Lead, cuerpo y cola.
 
Y es que la crónica es el género periodístico más difícil y exigente, posee una estructura abierta y es de todos el que mayores recursos  literarios aplica en su estructura. Hoy por hoy, la crónica es el género por excelencia  de los escritores, o los que están por serlo en América Latina. Y es que nuestra prehistoria literaria, se remonta a eso, a las Crónicas de los Viajeros de Indias, en la temprana edad de la colonia española. Pero siempre jugó un papel secundario como auxiliar de la memoria. Dos momentos importantes marcan la modernización del género, las crónicas de Nueva York de José Martí, y el sello definitivo de las escritas por Gabriel García Márquez, el más imitado hasta hacerse tendencia, para quien la crónica es un cuento que es verdad, siempre trabaja con una dosis de realidad.
 
Leer un periódico cargado de noticias redactadas bajo el esquema de la llamada objetividad, es hacer un tour por el tedio y  una manera de reducir la realidad a una fórmula miserable. La crónica es invención, lenguaje abierto, pero sobretodo libertad. Sin duda este género como lo desarrollamos hoy tiene mucha deuda con el Nuevo Periodismo norteamericano y la narrativa cinematográfica. 
 
Tom Wolf, uno de sus grandes cultivadores, resumiría el asunto así: resaltar la construcción de escena por escena, de manera sucesiva, cada una compuesta por dos descripciones y diálogos, reduciendo al mínimo el uso de los sumarios narrativos. 
 
Cuando se asume el periodismo como un género literario, la crónica es el lazo más fuerte de esa vinculación, donde podemos prescindir de lo que es noticia. García Márquez a quien una vez entrevisté (diálogo recogido en una serie de textos: Cuatro horas con el Premio Nobel), me dijo, en todo lugar hay una historia, que está dispuesta a dejarse  contar, si te habla es tuya. Desde entonces, lo he tomado como un principio, escribir algo si esa historia me habla. 
 
No liquidemos a la crónica, ella no es para escribir moralejas, apunta Leila Guerriero, gran exponente del género, a manera de alerta. Las crónicas no son para dar lecciones de moral, o ejemplos de vida, o superación humana, porque esos son el lugar común que termina asesinando la mejor de las historias. 
Pudiera pensarse que la crónica da para todo, hasta para hermanarse con tendencias para muchos consideradas bastardas, como las que se escriben desde la visión del periodismo Gonzo, o la narrativa Neopunk. Más dirigido a ese nuevo periodismo con matices underground, los mundos que habitan bajo las piedras.
 
Una vez en un foro sobre Nuevo Periodismo, alguien preguntó sobre la noticia como posibilidad narrativa, la mejor respuesta que tuvimos a la mano es que era como un viaje en locomotora a 40 kilómetros por hora, por un paisaje árido, mientras que la crónica es la posibilidad de poner al derecho y al revés la realidad que se te antoje.