Farandula

La tragedia del submarino nuclear Kursk llega a la gran pantalla

El Kursk era un submarino nuclear de gran envergadura, orgullo de la marina rusa, que se hundió en el Mar de Barents, al parecer por dos explosiones internas y sucesivas ocurridas el 12 de agosto del año 2000, en el curso de las primeras maniobras militares en alta mar de la flota rusa desde hacía diez años. Todo indica que la primera de ellas fue provocada por unos torpedos defectuosos, que al estallar ocasionaron la detonación del resto de torpedos a renglón seguido. Desde entonces, ha habido treinta y tres significativos accidentes de submarinos en el mundo que se conozcan, varios con cuantiosas víctimas mortales, siendo el último el que comportó la desaparición durante un año exacto del argentino ARA San Juan, de propulsión diésel-eléctrica y fabricación alemana, el cual sufrió un incendio y explosión de las baterías el 16 de noviembre de 2017, y en el que dejaron la vida 44 tripulantes.

En el caso del Kursk, también fue la totalidad de sus 118 tripulantes los finados, y al parecer 23 sobrevivieron durante varias horas, quizá algún día, sin recibir el apropiado rescate a tiempo, como atiende el film que hoy se estrena del danés Thomas Vinterberg, una coproducción entre Francia, Bélgica y Luxemburgo entre cuyos productores se haya el mismísimo Luc Besson.

La cinta, por lo demás, suscita un par de incógnitas interesantes, si se quiere extracinematográficas: la primera, en torno al grado de riesgo plausible que comporta estar en un submarino, habida cuenta de los accidentes ocurridos; la segunda, cuál es la impresión generada por el film en la administración rusa. El abogado que defendió a las familias de los perecidos en el Kursk, Boris Kuznetzov, se halla exiliado en Estados Unidos. Kuznetzov cuestionaba la reacción de la administración ante el hundimiento, que entendió lenta e ineficaz: los equipos no estaban en buen estado y el orgullo patrio derivaba en reticencia a aceptar la ayuda británica y holandesa, además de temer que ciertos secretos rusos que contenía la nave cayeran en manos extranjeras. Desde entonces, se instaló el lamento, si bien en retroceso con el paso de los años, ante el hecho de que de haber reaccionado con mayor agilidad acaso se hubiera salvado cuando menos la vida de los 23 tripulantes que se hallaron en otro compartimiento, donde todo indicaba se habían refugiado.

El abogado es autor de un libro titulado “It Sank” (Se hundió), parafraseando la respuesta de Putin al periodista de la CNN Larry King, cuando éste le preguntó qué había ocurrido con el submarino. La cinta se muestra crítica con la autoridad militar rusa, pero Putin no aparece en el film en ningún momento. Vinterberg se apresuró a decir en el Festival de cine de Roma que “no sabemos cómo y en qué medida estuvo Putin involucrado. Llevaba cien días en el cargo… no sabemos quién tomó esas decisiones”. El presidente se hallaba de vacaciones; cinco días después del accidente autorizó a la Armada a que aceptara la ayuda internacional, que finalmente abrió la escotilla siete días después del hundimiento.

El tema ha suscitado varios libros, entre ellos el muy minucioso de Robert Moore: “A Time To Die: The Kursk Disaster”, en que se ha basado el film, y cuando menos dos piezas teatrales, la de la inglesa Bryony Lavery y la del bielorruso Sasha Janowicz.

Vinterberg, antiguo integrante del movimiento danés Dogma 95 (Celebración), realizador de largos ya alejados de tal movimiento como La caza o Lejos del mundanal ruido, dirige la cinta a partir del guión de Robert Rodat (Salvar al soldado Ryan; El patriota). Éste se entrevistó con el capitán de navío David Russell (que en el film encarna Colin Firth con su característico rostro entre disgustado y deprimido), al cual ya había recurrido Robert Moore. Russell estuvo al cargo de la oferta de ayuda británica.

La cinta contiene aromas narrativas que nos retrotraen a sólidas y recientes cintas de submarinos como K-19: The Widowmaker, de Kathryn Bigelow, también centrada en un terrible accidente de uno de los primeros submarinos rusos propulsados por energía nuclear, ocurrido en julio de 1961, o la alemana El submarino, de Wolfgang Petersen; incluso U-571, de Jonathan Mostow, las dos últimas en contexto de la Segunda Guerra Mundial. Hay una introducción que nos humaniza a algunos de los tripulantes de la nave, con secuencia de boda incluida de uno de ellos, y también escenas domésticas, para inmediatamente sumergirnos con la tripulación en ese viaje final en el que por descontado no faltan los detalles derivados de una situación límite del todo claustrofóbica, propio del subgénero de submarinos, con acciones heroicas de gran riesgo para seguir obteniendo oxígeno y toda suerte de actos de camaradería y de sentido del humor con que soportar, con creciente frío por las filtraciones de agua, la espera por la ayuda en que se confía.