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Feliz día de San Valentín aunque en Venezuela, la crisis no podrá vencer el amor

José Ricardo Hernández L.

La alternativa de los venezolanos para decir “Te amo”, son las redes sociales, por lo bueno, bonito y barato.

El día de San Valentín, de los enamorados, del amor y la amistad o simplemente San Valentín, es una festividad de origen cristiana que se celebra cada 14 de febrero como conmemoración a las buenas obras realizada por san Valentín de Roma, las que están relacionadas con el concepto universal del amor y la afectividad.

Para muchos es motivos de fiesta y una manera de demostrar a sus parejas cuánto las aman a través de lencería, chocolates, rosas rojas. Sin embargo, en Venezuela, afectados por una profunda crisis caracterizada por la hiperinflación, que ha dejado los bolsillos secos, los ciudadanos han tenido que “echar mano” a otras opciones para celebrar el día sin que ello represente el desembolso de recursos.

Es por ello que una de las opciones que han encontrado los venezolanos para expresar su amor, son las redes sociales, donde se han observado los infaltables memes para los que prefieren combinar el amor con creaciones graciosas.

Este es el caso de dos jóvenes que a pesar de tener todo en contra, buscarán las mil maneras de tener un 14 de febrero inolvidable, esperamos que no sea tanto para que la bendición no nazca en noviembre.

Sin plata para ir a un motel, John y Amanda deben arreglárselas para tener sexo en casa de sus padres. Además, la falta de dinero para anticonceptivos y el miedo a quedarse solos por la migración limitan la sexualidad de los jóvenes venezolanos.

John Álvarez, de 20 años, y Amanda Aquino, de 19, estudian derecho en la Universidad Central de Venezuela, donde es común ver parejas besándose y acariciándose en pasillos y jardines.

Pero ellos, más recatados, prefieren refugiarse en el cuarto de John, en el primer piso de su casa en un barrio popular de Caracas, mientras sus padres y su hermana menor duermen en la planta baja.

Cuando «en mi casa no hay nadie (…), es un poquito mejor», confiesa junto a su novia de rizos teñidos de amarillo, incómoda de abordar el tema.

Tener sexo sin familiares rondando es una suerte esquiva para ellos, que en dos años de noviazgo nunca han visitado un motel. Tendrían que pagar 10 dólares por seis horas de privacidad, que saldrían de sus esporádicas y modestas mesadas. Prefieren destinar ese dinero a comida.

Independizarse es «irreal», afirma el joven, en una economía devastada en la que la depreciación de la moneda ha provocado que 50% de las transacciones comerciales se realicen en dólares, según la firma Ecoanalítica.

Esperando un ¡Match!

Cuando está de cacería en Tinder, la popular aplicación de citas, Jhoanna pregunta sin rubor a sus potenciales amantes por su «capacidad» económica.

No por interés, dice, sino porque está acostumbrada a costear la mitad de los gastos en una sociedad en la que los hombres suelen pagar las cuentas. Así, evita malentendidos.

Pero tiene un principio: nunca paga habitaciones de motel o condones, esta última es una condición no negociable. «Sin gorrito no hay fiesta», sentencia.

Algunos jóvenes también recurren a Instagram y Grindr para tener sexo casual.

Así nació la relación de Daniel Landaeta y Jorge Álvarez, que se conocieron en un portal gay hace casi tres años. Terminaron enamorados y viviendo juntos.

Comparten un apartamento de interés social que les entregó el gobierno socialista dentro del mayor complejo militar del país, donde se sienten respetados.