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sábado, mayo 25, 2024

Política exterior de Lula toma forma, irritando a Occidente

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Por ELÉONORE HUGHES y CARLA BRIDI undefined
RÍO DE JANEIRO (AP) — El nuevo presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, ha mostrado hasta ahora poca preocupación por desafiar el consenso de Occidente en política exterior, incluso en su cooperación con gobiernos autoritarios.
En las últimas semanas, el gobierno de Lula envió una delegación a la Venezuela de Nicolás Maduro, se negó a firmar una resolución de la ONU que condenaba los abusos de los derechos humanos en Nicaragua, permitió que buques de guerra iraníes atracaran en Río de Janeiro y se negó rotundamente a enviar armas a Ucrania, en guerra con Rusia.
Estas decisiones han levantado ampollas en Estados Unidos y Europa, pero los expertos afirman que Lula está reactivando el principio de no alineamiento que Brasil mantiene desde hace décadas con el fin de trazar una política que salvaguarde mejor sus intereses en un mundo cada vez más multipolar.
La política exterior de Brasil se basa en su constitución de 1988, que establece como principios rectores la no intervención, la autodeterminación, la cooperación internacional y la solución pacífica de conflictos.
Eso implica “hablar con todos los estados en todo momento sin hacer juicios morales, respetando ciertas líneas rojas”, explica Feliciano Guimarães, politólogo del Centro Brasileño de Relaciones Internacionales, un grupo de investigación. Sin embargo, agrega, las líneas rojas de Lula aún no están claras.
La semana pasada, una delegación brasileña encabezada por Celso Amorim, asesor especial de la presidencia y excanciller, viajó a Venezuela en la primera visita oficial de alto nivel en años. Bajo el predecesor de Lula, Jair Bolsonaro, Brasil rompió relaciones diplomáticas con la nación vecina. El presidente izquierdista de Venezuela, Nicolás Maduro, ha sido acusado de pisotear la libertad de expresión y perseguir a los opositores políticos.
El equipo de Amorim se reunió tanto con Maduro como con la oposición. Maduro tuiteó fotos de la reunión con Amorim y la calificó de un “encuentro agradable”.
Según un funcionario de la cancillería que no estaba autorizado a hablar públicamente, el gobierno de Lula tuvo la intención de promover la democracia en Venezuela y presionar por una mayor transparencia en las elecciones, razón por la cual la delegación se reunió con ambas partes.
A principios de marzo, la delegación de Brasil en Naciones Unidas se negó a firmar una declaración del Consejo de Derechos Humanos que condenó al régimen de Daniel Ortega en Nicaragua.
El gobierno de Ortega ha tomado medidas enérgicas contra la disidencia, y el mes pasado deportó y actuó para despojar a más de 200 disidentes de la nacionalidad nicaragüense, lo que provocó una reprimenda internacional por lo que se consideró ampliamente un retroceso político y una forma de destierro.
Durante una entrevista con el periódico brasileño O Estado de S.Paulo, publicada el 10 de marzo, el ministro de Relaciones Exteriores de Brasil, Mauro Vieira, alegó que Brasil no firmó la declaración debido a “diferencias de lenguaje y enfoque”. Vieira señaló la posición histórica de Brasil de buscar primero el diálogo.
Pero la controversia llevó al gobierno brasileño a resaltar más tarde que estaba “extremadamente preocupado” por las denuncias de violaciones de derechos humanos en Nicaragua y se ofreció a acoger a los refugiados políticos a los que se les despojó de su nacionalidad.
Lula hizo de la diplomacia una prioridad durante su presidencia anterior de 2003 a 2010, y Brasil fue ampliamente respetado en el escenario internacional. El grupo BRICS —compuesto por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica— se creó en 2006.
Lula y Amorim sostuvieron conversaciones con altos funcionarios de Estados Unidos e Irán en un intento por construir la paz, sumando fuerzas con Turquía para negociar un alto al enriquecimiento de uranio de parte de Irán. Al final esos esfuerzos fracasaron e Irán continuó enriqueciendo uranio.
Lula busca reinsertar a Brasil en el escenario mundial después de una época en la que Bolsonaro mostró poco interés en los asuntos internacionales más allá de afirmar su afinidad con otros nacionalistas de derecha, como Benjamin Netanyahu de Israel y Viktor Orbán de Hungría. Bolsonaro incluso reservó una adulación especial para el ahora expresidente de Estados Unidos Donald Trump.
Los viajes de Bolsonaro al exterior fueron pocos y esporádicos. En cambio, Lula mostró rápidamente un rumbo diferente y en el primer mes de su presidencia viajó a Argentina para reunirse con su homólogo, Alberto Fernández.
El presidente que regresó al Palacio de Planalto también quiere crear un grupo de países, posiblemente incluyendo India, China e Indonesia, para mediar en unas posibles conversaciones de paz entre Rusia y Ucrania.
El viceministro de Relaciones Exteriores de Rusia, Mikhail Galuzin, afirmó que Moscú estaba estudiando la propuesta de Lula, según informó la agencia de noticias rusa Tass en febrero. También compartió esa propuesta con el presidente de Ucrania, Volodymyr Zelenskyy, durante una videollamada el 2 de marzo.
No obstante, la negativa de Lula de enviar armas al país invadido molestó a Occidente.
“El gobierno de Lula está aplicando el mismo principio de autonomía que durante sus primeros mandatos, pero el escenario global ha cambiado”, advierte el politólogo Leonardo Paz de la Fundación Getulio Vargas, una universidad y centro de estudios.
Las tensiones de Occidente con Rusia y China ahora son más agudas, pero Rusia es un proveedor clave de fertilizantes para las plantaciones de soya de Brasil, y sus exportaciones se han vuelto dependientes del mercado chino.
China superó a Estados Unidos como el principal socio comercial de Brasil en 2009. Desde entonces, su relación económica sólo se ha fortalecido. Entre 2007 y 2020, China invirtió el equivalente a 66.100 millones de dólares en Brasil, según el Consejo Empresarial Brasil-China.
“Brasil necesita una estrategia que le permita maniobrar. El principio de no alineamiento le permite tener canales abiertos con todos los Estados para protegerse”, comenta el politólogo Guimarães.
Brasil mostró su voluntad de defender una política exterior independiente de Estados Unidos y los países europeos cuando permitió el atraque de dos buques de guerra iraníes, agrega Guimarães.
La medida provocó reproches de Estados Unidos e Israel. “Albergar buques navales iraníes envía un mensaje equivocado”, alertó el 9 de marzo la secretaria de prensa de la Casa Blanca, Karine Jean-Pierre, durante una sesión informativa.
“Pero Brasil es un país soberano y puede permitirse tomar sus decisiones sobre cómo se va a relacionar con otro país”, agregó.
Otro indicio de la incipiente política exterior de Lula se produjo esta semana con el anuncio de que a partir del 1 de octubre Brasil reinstaurará el requisito de que los ciudadanos de Estados Unidos y otras tres naciones obtengan visados de turista, que Bolsonaro había suprimido incluso aunque esos cuatro países continuaran exigiendo visados a los brasileños.
La decisión de Bolsonaro representó “una ruptura con el patrón de la política migratoria brasileña, que históricamente se ha basado en los principios de reciprocidad e igualdad de trato”, explicó la cancillería en un comunicado el lunes.
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Bridi reportó desde Brasilia.

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