Comunas comunes y comunas decomunales
Carlos Raúl Hernández
Dudas, preocupaciones, mentiras y ociosidades inundan el susurro sobre las “comunas”. Se habla de un futuro “Estado comunal” término que ya trajina por cerca de 20 años entre nosotros. El gobierno debería estudiar para que sirvió el experimento y hacer el balance ¿Trajo alguna ventaja política, económica o de popularidad? Unos que otros mitos históricos asociados, abonan la leyenda revolucionaria sobre las “comunas”: los comuneros de Castilla por los 1520, el Cabildo de Caracas en 1811 o la Comuna de París (1871). Pero para la decepción de muchos, tenemos desde hace tiempo un estado comunal que considera el municipio su raíz en sencillos y pragmáticos concejos municipales.
En Italia “la comuna” es el municipio, regido por un alcalde electo y el concejo municipal, denominado “concejo comunal”, electos por votación popular directa y secreta, e igual en Costa Rica. En España las comunas equivalen simplemente a las parroquias, subordinadas al municipio. Igual en Francia, Brasil, México, Colombia, Argentina y muchas otras. Están muy lejos, las comunas, de ser la representación heroica del pueblo contra potencias internas o externas amenazantes, sino que sus tareas son velar por la seguridad, el bienestar de la comunidad y que funcionen los servicios públicos. Otra cosa fueron las comunas-Frankenstein soviética y maoístas, que en adelante requerirán la atención de este trabajo.
Si alguien quiere sustituir alcaldes y concejales electos y responsivos ante la comunidad por unos no electos, sin responsividad, para que administren recursos, convertidos en organismos partidistas, ya sabemos qué ocurrirá. Y no me refiero a electos en asamblea, lo que, como sabemos, es la meretrización de la democracia. Comuna resuena con etimología “comunista”, desdentada, valetudinaria, trágica y ya cómica en las dos naciones excomunistas, hoy renegadas: la Unión Soviética y China. En un país cuyo 80% de la población era campesina, Lenin entendió los terribles daños a la agricultura y la miseria masiva que había ocasionado comunismo de guerra y emprendió en 1920 la privatización, descomunalización, de la agricultura, la Nueva Política Económica, NEP.
A la muerte de Lenin, reinician la recolectivización de la economía agrícola, expropiaciones y controles de precios ridículos a los productos. Stalin radicaliza las expropiaciones, requisa el grano con las “comunas” o soviets (concejos) y deporta masivamente a los “kulaks”, campesinos ricos, en realidad microempresarios con tres hectáreas de tierra. Para forzar a los campesinos reticentes a regalar sus cosechas, enviaron a las granjas brigadas de choque. Un decreto de 1930, cancela el derecho de propiedad: “todos los límites que separan tierras …deben eliminarse y todos los campos combinados en una sola masa de tierra”. Para 1936, 90% estaba colectivizada y el gobierno decidió no suministrar alimentos y fusilar cientos de miles de campesinos reticentes.
Deportaron un millón de familias (cinco millones de personas) y según Leonard Hubbard murieron 15 millones. En una de las regiones de mayor producción agrícola, Siberia, expropian a 40.mil kulaks. El Libro negro del comunismo establece una cifra superior a los 4 millones de muertes por la gran hambruna ucraniana, el Heldomoror. Los bolcheviques crearon las comunalkas, comunas urbanas, para eliminar la propiedad privada del hogar en 1918. La comuna expropiaba a los dueños y ubicaba entre tres y siete familias extrañas en una casa, compartiendo baño y cocina, forma de “educación socialista”. Muerto Stalin, Nikita Jrushchov las elimina y restituye la propiedad familiar con el plan jrushchovcovka, apartamentos unifamiliares bastante humanos.
Luego su sucesor, Leonid Brézhnev, implantó las brezhnevkas, mejores, más espaciosas y confortables. La descripción magistral de las terribles, sórdidas, consecuencias de la ruptura de la intimidad familiar, el hacinamiento, para los rusos, lo describen Boris Pasternak en El doctor Zhivago y Mijaíl Bulgákov en El maestro y margarita, entre otros. Mao imita a Stalin y emprende sus propias colectivizaciones para hacer China una potencia industrial con el Gran salto hacia adelante (1958-1961) un empujón de sangre y demencia correr hacia la modernidad. Se ordenó a los cuadros del parido, dividir el país en comunas y convertir los famélicos campesinos en seudo obreros metalúrgicos, a los que Mao forzó a producir cien millones de toneladas en tres años.
Esa escalofriante experiencia, que revive el periodista Yang Jisheng su obra Lápida es de los momentos más terribles que conoce la existencia humana. La organización de activistas del partido, los cuadros, recluta cien millones de campesinos para trabajos forzados en infraestructura y comienza el Gran salto con base en las comunas revolucionarias, con un acto surrealista: la cacería masiva de gorriones porque se comían las cosechas y eran “contrarrevolucionarios”; en consecuencia, proliferan plagas de insectos que los pajaritos controlaban, con la pérdida de los sembradíos y vino la gran hambruna revolucionaria. Altos hornos rústicos de barro funcionaban día y noche y los pobres aldeanos trabajaban hasta la muerte para producir “acero”.
Fundían todo lo metálico que hubiera en la aldea, pero el resultado fue de pésima calidad y sin valor de mercado. El epicentro de horror eran los cuadros del Partido Comunista que regentaban las comunas, decidían la distribución de los pocos alimentos y eran dueños de la vida y la muerte. Las comunas eran centros de esclavitud familiar, los niños los educaba el gobierno y la paternidad era “colectiva”. Hacían vivir separados hombres y mujeres, regulaban las relaciones sexuales y quienes las tenían ilegalmente recibían castigos. Nadie tenía derecho a cocinar, había que comer en la cocina comunal y quien no ganaba aprobación diaria de los cuadros, no comía.
Las cosechas se vinieron abajo y en 1959 la escasez de alimentos se hizo desastrosa. La gente devoraba raíces, barro, hojas, gusanos, insectos. Bajo la consigna: el que no trabaja no come, los cuadros extorsionaban sexualmente a las mujeres y los grupos más débiles, mujeres en estado, niños, ancianos, morían rápido. Un documento del Comité Central del PCCH, revela que Mao en reunión 25 marzo 1959, argumentó conveniente que debían morir los que carecían de comida. Los cadáveres se pudrían en las calles porque los familiares no tenían fuerzas para enterrarlos, pero las despensas de los cuadros estaban repletas. Poblaciones enteras acampaban cerca de los graneros e imploraban comida, pero las ciudades devuelven a los campesinos y exigían una cadena de permisos para viajar.
Prolifera el canibalismo. El autor refiere la historia de una madre que antes de morir pidió a su hija que se la comiera, y el testimonio de un cuadro arrepentido que contó como utilizaban los cadáveres de abono. El castigo por robar víveres era enterrar vivo al culpable. Khrushchev en el décimo aniversario de la Revolución China insistió inútilmente a Mao no repetir los errores del stalinismo. Liu Sao Chi, Presidente de China, atormentado por las informaciones, pidió a Mao rectificar (le dijo: “tú y yo somos responsables de la hambruna y el canibalismo y debemos cambiar el rumbo”) pero terminó muerto en una cárcel.
El Gran salto adelante cierra en 1962. Arrastró 650 millones de chinos a un infierno y de ellos decenas de millones murieron en la gran hambruna de Mao, por lo que tiene el record, según Yang Jisheng, Frank Dikötter y Paul Kennedy de ser el mayor genocida de la historia, entre cincuenta y setenta y cinco millones de muertos. Una de las primeras medidas tomadas por Deng Xiaoping al llegar al poder, a finales de los 70, es devolver el derecho a la propiedad privada de la tierra y crear los mercados campesinos donde se comenzó a vender y comprar libremente. Luego restablece la propiedad ampliamente con las zonas económicas especiales. Las comunas regresaron a sus funciones municipales.




