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Cuando el pueblo y el mundo se dan la mano entre los escombros

(Por Rubén Limas Telles)

Ya han pasado 17 días desde aquel 24 de junio de 2026, una fecha que no se nos va a olvidar nunca. La tierra rugió con una furia que nos dejó a todos fríos, quebrando no solo el asfalto y las paredes y vigas de nuestros bloques, sino también sacudiéndonos el alma. Pero si algo quedó claro cuando el polvo empezó a bajar, es que cuando Venezuela tiembla, el mundo responde y, más importante aún, el venezolano saca su casta.

Hablemos claro,  la respuesta de afuera fue un gentío. Más de mil rescatistas de 25 países se bajaron de esos aviones para ayudarnos. Vimos a los «Topos» de México, a gente de Suiza, Estados Unidos y a nuestros hermanos de Colombia, Chile y Dominicana dándolo todo. Esos panas no vinieron a pasear; trajeron perros, cámaras de calor y una experiencia que salvó vidas que ya dábamos por perdidas. Ver a un rescatista extranjero sudando la gota gorda junto a un bombero nuestro nos recordó que, en las malas, no estamos tan solos como a veces pensamos.

Ahora, hay que quitarse el sombrero con los nuestros. Nuestros bomberos, la gente de Protección Civil y civiles,  fueron los primeros en meterle el pecho al asunto. Con las uñas, sin dormir por 48 horas y a punta de ingenio porque, hay que decirlo,  los equipos que tienen están más viejos que el hambre. Esa es la radiografía innegable de nuestra realidad tenemos unos héroes de carne y hueso que hacen milagros con herramientas que dan pena. Ahí tenemos una lección política pendiente, no podemos esperar a que pase una tragedia para equipar a los que nos cuidan.

Pero lo más grande no estuvo solo en los uniformes. Fue el vecino con una pala, el chamo que armó un centro de acopio en su garaje y el médico que se puso a curar gente en plena plaza. Mientras la burocracia estatal a veces se quedaba pegada, la gente se organizó sola. Esa es la verdadera fuerza del venezolano que quedo demostrada a todas luces,  su solidaridad «a pie», que no espera órdenes de nadie para salvar al prójimo.

Pero ojo, que aquí viene lo difícil. Las cámaras de televisión, micrófonos y redes sociales se van a ir apagando y los rescatistas internacionales ya están haciendo sus maletas. Pero para las familias que se quedaron sin techo, la tragedia apenas empieza. El gobierno lanzó el plan «Venezuela Renace», y suena bonito, pero la cuenta es larga, ya se ha dicho que reconstruir todo esto nos va a costar entre 12.000 y 20.000 millones de dólares.

Debemos ser  realistas,  Venezuela no tiene ese dinero en el bolsillo. Necesitamos que la ayuda internacional no se corte aquí. Ya no necesitamos solo perros de rescate, ahora necesitamos plata, cemento, ingenieros y, sobre todo, una vigilancia bien lupa para que cada dólar que llegue se convierta en una casa y no se pierda en los caminos de siempre.

Pasar el terremoto fue una carrera de velocidad, pero reconstruir el país va a ser un maratón. La política ahora tiene que estar a la altura de la gente. El pueblo ya cumplió siendo solidario; ahora le toca a los que mandan y a la comunidad internacional demostrar que no nos van a dejar en la estacada. Porque una casa se levanta con ladrillos, pero una nación se levanta con confianza y transparencia. ¡ADelante Venezuela!

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