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Diálogo con acento en la “A”

(Por: Rubén Limas Telles)

Hoy más que nunca, Venezuela necesita un diálogo con acento en la «A»,  la de una apertura sincera, sin cartas bajo la manga. Es lo que la mayoría pide a gritos en la calle, un cambio profundo que se traduzca en bienestar para todos, no para unos pocos.

Quienes militamos en Acción Democrática, especialmente aquellos que en 2020 decidimos apostar por el regreso a la ruta electoral, vemos el diálogo no como una rendición, sino como la única herramienta real para frenar esta polarización que nos tiene fracturados.

Imaginen por un momento que Venezuela es un barco en medio de una tormenta feroz. Las olas son gigantes, el viento nos golpea de frente y, para colmo, la tripulación pelea por si debemos cruzar a la izquierda o a la derecha. Para no hundirnos, no basta con que el capitán y tres marineros susurren qué hacer. Hace falta que todos —desde el cocinero hasta el timonel— se sienten en la misma mesa, miren el mismo mapa y hablen el mismo idioma.

Eso es un diálogo de verdad. No es simplemente sentarse a hablar, es entrar al quirófano para extirpar el tumor del conflicto de raíz, no solo para ponerle una curita a una herida que sigue sangrando.

¿Por qué los intentos anteriores han fallado? Porque han sido diálogos «a medias». Han sido como pintar una pared agrietada, al poco tiempo, la grieta vuelve a salir y más grande. Un diálogo real exige la verdad sin anestesia. Exige reconocer errores de lado y lado, sin creer que se tiene la verdad absoluta.

El pueblo venezolano está cansado de promesas que no se cumplen. La gente espera soluciones que se sientan en el bolsillo, en la comida que llega a la mesa, en hospitales que funcionen y en escuelas donde se pueda estudiar con dignidad.

Si vamos a una nueva etapa de negociación, es un buen paso, pero ¡ojo!,  si se sientan los mismos de siempre a puerta cerrada, el barco seguirá dando vueltas en círculos. El verdadero antídoto contra el fracaso es la inclusión.

La paz no es un rompecabezas de dos piezas. Es un mosaico donde deben estar todos: los maestros y médicos que viven la crisis a diario; los empresarios y trabajadores; nuestros jóvenes que quieren un futuro aquí; las comunidades indígenas, las iglesias y, por supuesto, la diáspora que nos duele desde lejos.

Cuando todos tienen una silla, el diálogo deja de ser un «pacto de cúpulas» para convertirse en un pacto nacional. Es la única forma de tejer una red de confianza que aguante los tirones de los extremos.

Venezuela puede lograrlo, claro que sí. Pero hace falta la valentía de sentarse frente al que piensa distinto, la humildad de ceder y la sabiduría de entender que el futuro no tiene un solo color político, sino que le pertenece a todos. Hagamos que este diálogo eche raíces tan profundas que de ellas nazca un país nuevo. Al final del día, el que esté libre de pecado… que tire la primera piedra, pero que el resto nos sentemos a trabajar.

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