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El dique de Guataparo: Las aguas turbias de la memoria / AUDIO

 

Por : Carlos Tovar 

A simple vista, el embalse de Guataparo es una lámina de añil tendida al noroeste de Valencia. Los veleros la surcan con elegancia, los remeros trazan estelas fugaces y los pescadores lanzan sus anzuelos confiando en la calma superficial. Sin embargo, los lugareños saben que bajo ese espejo plácido se oculta una memoria turbia, un fondo donde los objetos perdidos y los susurros del pasado se niegan a reposar en silencio.

Construido a mediados del siglo XX para calmar la sed de una ciudad en crecimiento, el dique sepultó sin ceremonia lo que alguna vez fue tierra firme: parcelas de cultivo, senderos de herradura y, según voces antiguas, los cimientos de una hacienda colonial cuyo nombre ya nadie recuerda. Durante las sequías extremas, cuando el nivel hidráulico desciende más de la cuenta, los vecinos aseguran haber divisado muros derruidos y escaleras que conducen a ninguna parte. No son bienvenidos esos vestigios. La gente prefiere que el agua los cubra.

La rana que caminaba erguida

Sin embargo, no todos los secretos yacen en el fondo. Algunos rondan la orilla cuando la luna se vuelve opaca. El más inquietante de todos es el que describen con escalofríos los pocos que afirman haberlo visto: una criatura acuática de aspecto humanoide, pero revestida de una piel verdosa y húmeda, como la de un batracio gigante. Sus ojos saltones no parpadean, y sus dedos largos terminan en membranas traslúcidas.

Un pescador nocturno, cuyo nombre prefiero omitir por respeto a su temor, relató lo siguiente hace tres inviernos:

—No era un animal. Caminaba sobre dos piernas hacia el agua, pero al girarse me miró con una inteligencia que me heló la sangre. Su boca no se movía, y sin embargo yo escuché una palabra dentro de mi cabeza: “baja”.

El hombre abandonó la pesca esa misma noche y jamás ha vuelto a acercarse al dique. Los biólogos descartan la existencia de semejante especie. Los ancianos, en cambio, asienten con gravedad y recuerdan la vieja leyenda de la “guardiana del cieno”, una entidad que ya habitaba el valle antes de que la represa lo anegara.

El remolino que no respira

Otro fenómeno recurrente vuelve precavidos incluso a los nadadores más audaces. En ciertas zonas del embalse, lejos de los canales de desagüe y sin previo aviso, se forma un remolino de bordes afilados. No aspira hojas ni ramas. Parece selectivo. Los testimonios coinciden: quien se acerca demasiado siente un tirón frío en los tobillos, como si una mano sumergida lo invitara a descender.

Un guardaparques jubilado me confesó una tarde bochornosa:

—He visto desaparecer a un perro en menos de diez segundos. El animal ladraba jugando junto al agua, y de pronto el lodo se abrió y lo engulló sin dejar burbujas. Eso no es hidráulica. Eso es otra cosa.

Los ingenieros hablan de corrientes subterráneas imprevistas. Las abuelas santiguan el lugar y recomiendan no orinar en el dique, porque “lo que vive ahí abajo se ofende con la osadía”.

La tonina que regresó del otro lado

Entre todas las leyendas, hay una que palpita con especial ternura y desasosiego. Hablo de “Aleja”, la tonina –delfín de agua dulce– que a finales de los años setenta fue traída desde los llanos venezolanos para alegrar el embalse con su gracia de cetáceo errante. Se decía que era hembra, de mirada risueña y un gusto extraño por dejarse acariciar el lomo por los niños. Durante algunos años, Aleja fue la mascota no oficial del dique.

Pero toda criatura cautiva anhela su origen. Aleja enfermó, según unos. Se volvió huraña, según otros. Murió una noche sin luna, y sus restos fueron sepultados en tierra firme, lejos del agua.

O al menos eso creyeron quienes la enterraron.

A las pocas semanas, los pescadores nocturnos comenzaron a divisar una silueta plateada que surcaba el centro del embalse a altas horas. No era un pez grande. Era la forma exacta de un delfín, pero brillante como si estuviera forjado de mercurio líquido. Nadaba en círculos lentos y, cuando alguien se aproximaba en bote, se sumergía sin dejar ondas.

Los más escépticos murmuraban sobre reflejos y gases del fondo. Los más creyentes, en cambio, difundieron la versión que hoy perdura: el espíritu de Aleja no aceptó su muerte. Regresó para custodiar las aguas que un día fueron su jaula y su hogar. Y cada vez que un niño se aventura demasiado lejos de la orilla, algunos juramentan ver una sombra gris pasar bajo sus pies, empujándolo suavemente de regreso a la orilla.

El eco de lo que fue

La realidad, como casi siempre, es menos definida que la leyenda. Existen hoy planes gubernamentales para recuperar los niveles hidráulicos del embalse y reacondicionar sus espacios turísticos. Dragarán el fondo, reforzarán los diques, instalarán luces LED en el malecón. Quizás, con tanta luz, las sombras se espanten.

Pero los viejos del pueblo saben una verdad incómoda: no se puede ahuyentar lo que nunca se fue. Las aguas de Guataparo no están turbias por el sedimento. Lo están por la memoria de una hacienda hundida, por la mirada de una rana erguida, por el remolino que elige a sus víctimas y por el delfín muerto que rehúsa abandonar su círculo eterno.

Mañana, cuando el sol se refleje en la superficie del dique, cualquiera podría creer que solo ve cielo. Pero quienes han escuchado estos relatos mirarán dos segundos de más. Y en ese parpadeo, justo antes de que la luz los encandile, tal vez distingan una forma verdosa hundiéndose, un leve giro plateado en la profundidad o la leve torsión del agua que anuncia un remolino sin aliento.

Bienvenidos al embalse de Guataparo. No naden después del crepúsculo. Y si escuchan su nombre susurrado desde el fondo, finjan que el viento tiene la culpa.

LEYENDA-1-Construido a mediados del siglo XX para calmar la sed de una ciudad en crecimiento, el dique sepultó sin ceremonia lo que alguna vez fue tierra firme: parcelas de cultivo, senderos de herradura y, según voces antiguas, los cimientos de una hacienda colonial cuyo nombre ya nadie recuerda

LEYENDA-2-Entre todas las leyendas, hay una que palpita con especial ternura y desasosiego. Hablo de “Aleja”, la tonina –delfín de agua dulce– que a finales de los años setenta fue traída desde los llanos venezolanos para alegrar el embalse con su gracia de cetáceo errante

LEYENDA-3- Una criatura acuática de aspecto humanoide, pero revestida de una piel verdosa y húmeda, como la de un batracio gigante. Sus ojos saltones no parpadean, y sus dedos largos terminan en membranas traslúcidas

 

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