Por: Carlos Tovar
Durante más de un siglo, la silueta de una cruz se ha recortado contra el cielo de Valencia desde la cima del cerro La Guacamaya. No es solo un símbolo religioso; es un faro, un testigo mudo de la historia de la ciudad y un imán para leyendas que se entrelazan con la fe de sus habitantes. Conocida popularmente como la Cruz Mayor, su presencia ha sobrevivido a rayos, al tiempo y al olvido, renaciendo una y otra vez para mantener su vigilante puesto.
De Madera a Hormigón: La Evolución de un Símbolo
El origen de este emblemático monumento se remonta a 1913, obra de la visión del Dr. Jesús María Briceño Picón. Su propósito conmemorativo estaba ligado a un hito lejano: los mil seiscientos años del Edicto de Milán, promulgado por Constantino el Grande en el año 313, que decretó la tolerancia al cristianismo. La cruz original, una estructura de madera anclada en una base de cemento, desafió las inclemencias durante décadas hasta que, en 1948, la furia de un rayo la dañó severamente. Fue entonces cuando se alzó una nueva y más resistente cruz de concreto, que se mantendría en pie como un símbolo de resiliencia durante 72 años.
El Colapso y el Renacimiento
La madrugada del 14 de julio de 2020 marcó un punto de inflexión. Una falla estructural, posiblemente agravada por los embates del clima, provocó el desplome total de la estructura. La ciudad vio cómo su guardián caía. Sin embargo, la historia no terminaría ahí. En 2022, tras un meticuloso proceso de reconstrucción, la Cruz Mayor fue reinagurada. Bajo la dirección técnica del ingeniero Pedro Contreras y la supervisión artística del escultor Libardo Espinel, y con el trabajo incansable de un equipo liderado por los experimentados senderistas Eleazar Alvarado y Yonny García, la cruz renació. La nueva estructura, de 9 metros de altura (11 contando su base rocosa), 20 toneladas de peso, y fabricada con el material reciclado de su predecesora, se erige hoy más fuerte que nunca.
Leyendas en la Sombra del Lapacho
El sendero que lleva a la cruz está adornado por la belleza de un icónico Lapacho Amarillo, un árbol de mediana estatura que en invierno cubre el camino con un manto de flores amarillas. Pero más allá de la belleza natural, el cerro guarda secretos. En la década de 1970, cuando la fe y la tranquilidad caracterizaban las visitas al lugar, nació la leyenda del «Rezandero de Alpargatas». Testigos como Carmen Viloria relataban con temor cómo, en tardes de inexplicable soledad, se escuchaban las oraciones de un Padre Nuestro o un Avemaría que parecían surgir del mismo viento. Otros, como ella y su hermana Belkis, afirmaron haber visto a un hombre de espaldas, con un sombrero viejo, camisa blanca y alpargatas, dedicado a sus plegarias, una figura espectral que provocaba una huida aterrada de la montaña.
El Milagro que Cimentó la Fe
La devoción por la cruz no se basa solo en leyendas. En 1968, un hecho profundamente humano grabó su carácter milagroso en la memoria colectiva. Don Elías Campos, desesperado tras una grave caída que dejó a su hijo casi inmovil, cargó con el muchacho hasta la cima del cerro. Allí, al pie de la cruz, imploró con una fe inquebrantable por la sanación de su hijo. Según los relatos, el niño mejoró hasta recuperarse por completo, un suceso que la comunidad interpretó como un prodigio. Esta anécdota resume la esencia de la Cruz Mayor: no es un simple adorno en el paisaje, sino una reliquia viva que, desde las alturas de la serranía, protege y fortalece la fe de todo un pueblo.






