1318 x 300

El Latido de Hierro: El reloj maldito de Güigüe /AUDIO

 

Por: Carlos Tovar 

En Güigüe, parroquia dormida a las afueras de Valencia (estado Carabobo), ningún habitante mira hacia la torre de la antigua Alcaldía después de las seis de la tarde. No es costumbre ni temor religioso. Es supervivencia. Allí reposa un mecanismo alemán que no solo perdió la capacidad de medir el tiempo, sino que aprendió a cobrar vidas.

Un capricho convertido en condena

Corría el año 1910 cuando el general Juan Vicente Gómez, dueño absoluto de Venezuela, ordenó importar desde la Selva Negra alemana un reloj de péndulo monumental. La pieza descansó primero en su hacienda personal en Maracay, pero pronto la envió a Güigüe, un poblado caliente y polvoriento que él mismo utilizaba como retiro estratégico.

Ningún documento oficial explica por qué Gómez decidió instalar semejante maquinaria en una edificación municipal modesta. Las lenguas antiguas del pueblo susurran que el dictador buscaba un reloj que nunca se detuviera, algo que venciera a la muerte. Lo que recibió fue justo lo contrario: un instrumento que empezó a contar los días ajenos.

El primer engranaje fatal

Los archivos parroquiales, aunque incompletos, mencionan un nombre: Anselmo Paredes. Herrero de oficio y curioso de nacimiento, fue el primer hombre en manipular la maquinaria. Ajustó las agujas un martes de mayo. Al amanecer del miércoles, su esposa lo halló inmóvil junto a la escalera de caracol que conduce al campanario. No presentaba heridas. Su pulso había cesado sin explicación.

El médico rural dictaminó “muerte súbita”. Los ancianos de entonces notaron un detalle macabro: el reloj marcaba exactamente las 3:17 a.m., la hora presunta del fallecimiento. Desde esa noche, la maquinaria jamás volvió a mover sus manecillas.

El patrón que nadie quiso ver

Durante las siguientes décadas, seis técnicos más intentaron restaurar el mecanismo. Todos sufrieron el mismo destino, aunque con variaciones escalofriantes:

El segundo, un relojero portugués, cayó desde un andamio seguro.

El tercero, electricista de profesión, falleció electrocutado en su propio taller sin que existiera corriente conectada.

El cuarto simplemente desapareció. Su sombrero apareció colgado del minutero.

El quinto, escéptico radical, se burló de la leyenda. Esa misma noche sufrió un derrame cerebral fulminante.

El sexto alcanzó a gritar, según testigos: “¡El péndulo tiene pulso!”. Minutos después yació agonizante.

Ninguno superó las cuarenta y ocho horas posteriores a tocar el mecanismo.

El silencio como escudo

Hoy, la Alcaldía de Carlos Arvelo mantiene el reloj visible pero inerte. Las autoridades han propuesto tres proyectos de restauración en veinte años. Los tres fracasaron por un motivo idéntico: ningún maestro ni firma especializada acepta el contrato.

“Cobro lo que pidan, pero no subo a esa torre”, confesó un ingeniero mecánico entrevistado en reserva. “Allí arriba se siente una presión en el pecho, como si el tiempo quisiera salir a rastras por mi boca”.

Los empleados municipales evitan esa ala del edificio. El vigilante nocturno jura que, en noches sin luna, escucha un tictac seco y profundo, aunque las manecillas permanezcan petrificadas.

¿Maldición o fenómeno físico?

Un grupo de estudiantes de la Universidad de Carabobo intentó medir radiación ambiental en la torre hace cinco años. Sus instrumentos enloquecieron. Las brújulas giraban sin norte fijo. Los medidores de campo electromagnético saturaron la pantalla con cifras absurdas.

El informe final, archivado sin publicidad, menciona una posibilidad: acumulación de cargas magnéticas por vetas de hierro subterráneo. Los lugareños tienen otra versión: el reloj aprendió a alimentarse de algo que no aparece en los libros de física. Quizá de la atención. Quizá del miedo. Quizá del último suspiro de cada hombre que osó despertarlo.

El eco que nadie invoca

Güigüe prefiere su reloj mudo. El tiempo allí se mide por cultivos, por campanas de misa, por el sol inclemente. Nadie necesita un minutero que exige víctimas.

Sin embargo, los más viejos repiten una advertencia que viaja de generación en generación: “Si alguna vez ese reloj vuelve a sonar, alguien en el pueblo tendrá que pagar el tic-tac con su aliento”.

Por ahora, la torre calla. Las manecillas señalan las 3:17 desde hace más de un siglo. Y en este rincón olvidado de Carabobo, el miedo también es una forma de mantener el orden. Porque hay misterios que no necesitan resolverse. Solo sobrevivirse.

 

TUFLASHNEWS

Otras Noticias

Más Leídas