* El maestro de las malangas multicolores partió a la eternidad para trasmutar su ser desde lo figurativo a lo abstracto, como lo hacía en su icónica obra.
Por Denis Miraldo
Desde la ciudad de Marín en Yaracuy hasta Brisas de Tarapío en Naguanagua, la vida de Fredis Armas fue un viaje artístico pleno con un saldo organizacional trascendente para el sector de las artes plásticas y su partida este 11 de noviembre deja un vacío considerable, pues combinó su faena creadora con su empeño en darle vida a salones y exposiciones.
Sus malangas multicolores le dieron celebridad y le permitieron vivir del arte, a pesar de la opinión de la crítica, como le dijo en una oportunidad a la periodista Marisol Pradas, “Siempre me gustó el neoplasticismo, y estudié a Malévich, Kandinski, a Piet Mondrian. Mi gran transformación viene de él, de poder ver cómo mutaba un manzano a algo abstracto”.
Este yaracuyano-valenciano, nacido el 15 de febrero de 1953, se radicó con su familia en Naguanagua en 1975, para convertirse en uno de los referentes de las artes carabobeñas, luego de iniciar su pasión por la pintura a los tres años de edad y estudiar en escuelas de artes plásticas como la Carmelo Fernández en San Felipe, ciudad donde también incursionó en el teatro con el grupo Locuiz, y la Arturo Michelena de Valencia, y sus maestros incluyeron a Carlos Prada, Premio Nacional de Escultura, el ganador del Salón Michelena Wladimir Zabaleta y el grabador y escultor Freddy Benavides.

“Esa vegetación que forma parte de uno”
Armas se dedicó a recrear elementos de la naturaleza mediante la figuración geométrica principalmente con la técnica de acrílico sobre tela, según el Catálogo de Patrimonio Cultural Venezolano de 2004.
“Vengo de una hacienda de caña que era de mi padre, y mientras la gente trabajaba yo apreciaba la mata, el verde, el color, hasta cuando se quemaba la caña, eran puntos de vista muy diferentes. Cuando tuve contacto directo con el jardín de flores exóticas de San Felipe, me pareció que ese era un sitio maravilloso, además, alrededor de mi casa había un río, manglares, hojas de malanga, flores, rosas de montaña, toda esa vegetación que forma parte de uno”, como lo explicó en entrevista para el blog Azul Fortaleza en 2009.
Su labor la complementó siempre con la formación artística y la gestión expositiva como coordinador de la galería Luis Guevara Moreno de la biblioteca Luis Feo La Cruz, curador y coordinador de cultura de la Cámara de Comercio de Valencia, promotor cultural de la Casa de la Cultura de Naguanagua y docente de las escuelas Arturo Michelena y Carmelo Fernández, de la cual fue director.

“El toque mágico está en lo no perfecto”
Participó en cinco ocasiones en el Salón Michelena, del cual se declaró uno de sus disidentes, además de participar en más de trescientas colectivas como los homenajes a Reverón y a Luis Torres, en la semana del artista plástico del museo Braulio Salazar, en la casa parroquial de Naguanagua y en la Colonia Tovar, además de traspasar las fronteras en países como Argentina, Colombia, Cuba, Panamá, República Dominicana, Uruguay y EEUU donde fue artista plástico de la Galería Fusión Arte en Lexington, Kentucky.
Ganador de premios como el Salón de Pintura Joven, Cámara de Comercio y Profesor del Magisterio, sus más de veinte exposiciones individuales incluyeron el Hotel Hesperia, los ateneos de Morón y San Felipe y es recordada su colección de la procesión de la Virgen de la Begoña en Naguanagua.
Para culminar esta nota, nacida de la gratitud por tantos momentos de colaboración expositiva con este buen amigo de las artes, en equipo fraterno con Tomás Cabrera y Jaime Gordillo, incluyo el siguiente párrafo de la entrevista ya citada:
“A veces voy a un vivero a ver matas, observando una hoja seca desechada, y a mí me parece tan hermosa, las tonalidades, que partía de un marrón y pasaba por un rojo, un anaranjado, un amarillo y había una limpieza, agradable. Uno se va nutriendo de todo, el toque mágico está en lo no perfecto”.










