La noche del pasado sábado, el silencio en Filas de Mariche, estado Miranda, no fue presagio de paz, sino el cómplice de una tragedia que ha dejado a la comunidad sumida en el estupor y el llanto. En la penumbra de una vivienda que debería haber sido un refugio, el horror tomó forma de acero y traición.
«Nova», como la llamaban cariñosamente sus vecinos, era una mujer cuya tranquilidad era su sello personal. Sin embargo, su destino se selló en la oscuridad de su habitación. Mientras descansaba, entregada a la vulnerabilidad del sueño, su propio hijo —aquel a quien dio la vida— se convirtió en su verdugo.
Bajo el efecto devastador de sustancias estupefacientes, el sujeto empuñó un machete. No hubo oportunidad de defensa, ni gritos que alertaran a tiempo. El ataque fue salvaje, certero y cargado de una saña inexplicable, aprovechando cada segundo de la indefensión de su madre.
El suspenso terminó de la peor manera cuando el cuerpo de «Nova» fue hallado en el interior de su casa. El escenario era desgarrador: el cadáver de la mujer estaba oculto entre sábanas, un intento desesperado y fútil del agresor por cubrir un pecado que ya gritaba desde las paredes de la residencia.
La rápida acción policial permitió la captura del homicida, cuya identidad se mantiene bajo estricto resguardo procesal. Pero para los habitantes de Mariche, la captura no es consuelo suficiente.
«Era una mujer que no le hacía daño a nadie», repetían entre susurros los vecinos, quienes hoy claman justicia por una vida arrebatada de la forma más cruel imaginable.
Las investigaciones del Cicpc continúan para reconstruir los minutos finales de este matricidio que ha marcado una cicatriz imborrable en el estado Miranda. La comunidad, mientras tanto, despide a «Nova» entre la impotencia de saber que el monstruo no vino de afuera, sino que dormía bajo su mismo techo.



