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La Peregrina que desafió la historia / AUDIO

 

Por Carlos Tovar

Bajada: Antes de que la Dama de Nueva York alzara su antorcha sobre el mundo, una réplica olvidada llegó a una Venezuela rural. Su origen es incierto, sus andanzas rozan lo sobrenatural y su historia guarda un secreto: un explorador que capturó su imagen justo antes de descubrir la ciudad perdida de los Incas.

En el cruce bullicioso de las avenidas Andrés Eloy Blanco y 137, en la Urbanización Prebo, los conductores pasan junto a ella sin mirarla. Es solo una figura verdosa, manchada por el hollín y la lluvia. Pero hace un siglo, esa dama de bronce fue testigo de rezos secretos, sobrevivió a dos de las dictaduras más sangrientas de América y desapareció sin explicación durante años. Los valencianos la llaman con un susurro: La Peregrina.

No se trata de la famosa estatua neoyorquina. Esta es otra. Más pequeña, más viajera y, según las crónicas orales, mucho más poderosa.

La dama llegó antes que el terror

Para entender su misterio, hay que retroceder hasta 1891. Venezuela era un país de pueblos aislados; para un habitante de Valencia, llegar a Caracas era una odisea de varios días a lomo de mula. En ese mundo lento y devoto, el presidente Raimundo Andueza Palacios cometió un acto de inmensa osadía: encargó en Nueva York una réplica exacta de la Estatua de la Libertad.

El escultor fue el italiano Giovanni Turini, y la fundición ocurrió en Estados Unidos. Aquí nace la primera ironía: la dama neoyorquina (la de Liberty Island) fue un regalo de Francia; la hermana menor de Valencia, en cambio, sí es Made in USA. Terminada en 1893 e inaugurada el 14 de febrero de 1895 en la Plaza Sucre, la pieza llegó con un propósito noble: conmemorar el centenario del natalicio del Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre.

Pero la política venezolana tenía otros planes. La estatua aún no llevaba ni una década en su pedestal cuando comenzó la era de los caudillos. Juan Vicente Gómez y después Marcos Pérez Jiménez arrasaron con las libertades públicas. Y entonces ocurrió lo insólito: la gente comenzó a visitarla de noche.

La santa que escuchaba a las madres

Los archivos parroquiales de la época, recuperados por cronistas locales, narran una tradición escalofriante. Las madres de presos políticos acudían a la escultura en la oscuridad. No llevaban velas ni flores. Le susurraban favores al oído de bronce, pidiendo la liberación de sus hijos encarcelados. Otros, más osados, rezaban por un imposible: la libertad de Venezuela.

Los dictadores vieron con malos ojos aquel culto pagano. Hubo intentos de retirarla, pero la estatua parecía tener voluntad propia. De ahí su apodo: La Peregrina, porque jamás se quedó quieta. A lo largo de 130 años ha cambiado de domicilio al menos doce veces. Ha sido trasladada en carretas, camiones y grúas, como si huyera de la persecución.

El fotógrafo que vio el futuro

Entre sus muchas vidas, hay una instantánea que vuelve locos a los historiadores. La imagen que gentilmente ha cedido el señor Pedro José Morales muestra una restauración digital de una fotografía tomada en 1907, cuando la escultura aún presidía la Plaza Sucre, frente al Capitolio valenciano.

En el grupo de personas que posan junto a la Dama, vestido con traje de explorador, se encuentra un hombre que pasaría a la historia: Hiram Bingham III. Para 1907, Bingham era un desconocido profesor de historia. Pero cuatro años después, en 1911, este mismo personaje guiaría una expedición que estremecería al mundo: el redescubrimiento científico de Machu Picchu, la ciudadela perdida de los Incas.

¿Qué hacía el futuro descubridor frente a esta estatua venezolana? ¿Acaso la Dama de Bronce era un amuleto para quienes buscan lo oculto? La coincidencia ha alimentado leyendas urbanas que hablan de una conexión esotérica entre la libertad, las ruinas sagradas y esta figura errante.

El viacrucis de la Peregrina

Su bitácora de viajes parece el guion de una película de suspenso:

· 1895: Plaza Sucre (su cuna).

· 1930: Avenida Bolívar, custodiando lo que hoy es el Rectorado de la Universidad de Carabobo.

· Década de 1970: El extraño periodo en el Parque Humboldt, conocido entonces como «el parque de los enanitos», un sitio de culto para los niños de los setenta.

· 2004: La pesadilla. La colocan en el Distribuidor San Blas, un lugar solitario. Allí es vandalizada, mutilada y abandonada. Durante años, su paradero fue un misterio. Algunos aseguraban que había sido fundida para vender el bronce; otros, que un coleccionista la escondía en su jardín.

· 2014: Resucita de forma fugaz en la exposición «Tesoros Ocultos de Valencia», en el Centro de Artes.

· 2017: Su morada definitiva. Restaurada por la alcaldía de Paco Cabrera, se alza en el norte de la ciudad, en la Urbanización Prebo. Ya no escucha rezos de libertad, solo el rugir de los motores.

El secreto que aún guarda

Hoy, los jóvenes la ignoran. Los adultos mayores, al pasar, persignan sus labios. Porque La Peregrina es un recordatorio incómodo: mucho antes de que las redes sociales pidieran justicia, una mujer de metal escuchaba los ruegos de un pueblo oprimido.

Su antorcha ya no alumbra. Su corona, de siete puntas, tiene una rota. Pero si se acerca a ella en un anochecer de llovizna, tal vez entienda por qué esta estatua se negó a desaparecer. No es un adorno. Es un fantasma de bronce que caminó por toda Valencia para recordarnos que la libertad, aunque la muden de sitio o la golpeen, siempre encuentra la forma de volver.

 

Inaugurada el 14 de febrero de 1895 en la Plaza Sucre, la pieza llegó con un propósito noble: conmemorar el centenario del natalicio del Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre
Venezuela era un país de pueblos aislados; para un habitante de Valencia, llegar a Caracas era una odisea de varios días a lomo de mula
Su antorcha ya no alumbra. Su corona, de siete puntas, tiene una rota. Pero si se acerca a ella en un anochecer de llovizna, tal vez entienda por qué esta estatua se negó a desaparecer
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