Por :Carlos Tovar
En el corazón del barrio El Calvario, en la calle Prolongación Fernando Figueredo con Prolongación Manrique de la parroquia Candelaria Oeste, Valencia, estado Carabobo, se erige un santuario único, fruto de una devoción que nació entre las paredes de una humilde vivienda. Esta es la historia de la Capilla de la Virgen del Níspero, un relato que entrelaza lo divino y lo humano, y que cumplió 88 años.
Todo comenzó un 11 de mayo de 1937 en la casa de Simona Morillo de Aguilar. Según la tradición oral, su hija, Carmen Elena Aguilar, escondió dentro de un baúl doce nísperos envueltos en una mantilla que había cobijado a su hermana menor, Juanita Aguilar, al nacer en 1936. El tiempo pasó y el olvido cubrió la travesura infantil. Hasta que un día, la pequeña Carmen Elena, quien insistía en ver “rayos de luz” brotar del mueble, descubrió al buscar manteles que la fruta se había secado, y en la textura de uno de aquellos nísperos, la pulpa había formado una imagen nítida: el rostro de una figura femenina, con velo y manos juntas en el pecho.
La comunidad, al examinar el fenómeno, no dudó en proclamarlo una aparición mariana. La fe creció de forma explosiva. Simona Morillo destinó un rincón de su sala para venerar la reliquia, transformando su hogar en un lugar de peregrinaje que recibía feligreses de todo el país, colmándose de ofrendas y exvotos por milagros concedidos.
La tragedia tocó la historia cuando Carmen Elena falleció prematuramente a los 14 años, según testimonios de la época, por leucemia o una embolia, como narró su amiga Carmen Rea. Tras el fallecimiento de Simona el 11 de diciembre de 1981, la custodia de la virgen recayó en su otra hija, Juanita, y luego en devotas como Genoveva Ochoa, Miguelina Rodríguez y, principalmente, Rosa Izaguirre, quien por décadas fue su celosa guardiana.
La capilla actual, un espacio formal que reemplazó la antigua casa, fue construida durante la gestión del exgobernador Henrique Salas Römer (1990-1996) como agradecimiento. Hoy, a sus 93 años, Rosa Izaguirre, junto a su hija Minerva Ojeda y colaboradores como Elio Meza, Orlando Guilarte, Lixander Tortolero y Silverio Cazorla (nieto de Simona), mantienen viva esta tradición. Silverio donó imágenes de José Gregorio Hernández en agradecimiento por sanarlo de COVID-19, demostrando que la fe, para esta comunidad, sigue tan viva como aquel lejano día de 1937.







