Por: Carlos Tovar
En aquel Valencia de calles polvorientas y cafetines con olor a cigarrillo suelto, la dicha no entraba por la puerta. Se colaba, más bien, por una rendija diminuta hecha de cables, soldaduras frías y una tenue luz verde que temblaba sobre el dial. Para un carabobeño de cepa, entre los años sesenta y los ochenta, Radio América no era una simple emisora: era un amuleto guardado en el bolsillo trasero del pantalón. Era el latido de una urbe que aprendía a soñar en ondas medias.
Aquel 11 de abril de 1953, cuando Monseñor Bernardo Heredia y el locutor taurino Manolo Fachín Deboni encendieron los transmisores en una modesta casa de la calle Girardot, nadie imaginó que estaban pariendo un fenómeno social. La intención inicial, empapada de piedad católica y promoción cultural, pronto se desbordó. Alguien, aquella madrugada fundacional, pulsó el botón de prueba y la voz de Carlos Tovar Bracho cruzó el éter con una inocente presentación. Minutos después, la guaracha incendiaria de Noel Petro, aquel Cabeza de Hacha que volvía locas a las vecinas, confirmó el primer milagro: la audiencia había mordido el anzuelo.
El dial de las oportunidades
Pocos objetos físicos ejercieron tanto influjo en la economía doméstica como ese receptor de baterías cuadradas, envuelto en un precario forro de tela. Mi abuelo, un carpintero de la parroquia San José, contaba que la 890 AM no se sintonizaba con la perilla: se domaba. Había que inclinar la antena hacia el lado de la estación de bomberos y esperar a que el presentador, con esa cadencia que bautizaron años más tarde como «La Onda de la Alegría», soltara los números de la lotería del día.
Una tarde gris de 1975, sin un medio para el pan, oyó aquella voz inconfundible. Era alguien a quien llamaban el locutor de los pobres. Pronunció una combinación como si fuera un secreto entre compadres. El viejo, con el corazón en un puño, caminó hasta la agencia de la esquina de San Francisco. Jugó las pocas monedas que llevaba. Al caer la noche, la fortuna más esquiva terminó posándose en su hombro. No fue casualidad: era el pacto tácito que se establecía entre el parlante del transistor y la necesidad descalza.
Dos jornadas después, mientras aún saboreaba el golpe de suerte, la misma emisora lanzó un aviso clasificado en su programa de servicio comunitario. Una fábrica de zapatos, en la zona industrial de Valencia, requería oficiales sin experiencia. Mi abuelo acudió con el transistor bajo el brazo. Antes de que el sol cayera sobre el Lago de Valencia, ya había cambiado el aserrín por el cuero. Esa cajita de baquelita le había regalado, en menos de una semana, la lotería y el oficio. No exageraba cuando decía: «Radio América es la única vecina que nunca te pide fiado».
La fábrica de sueños sonoros
Detrás de aquel fenómeno había un hombre de visión descomunal: Arturo Del Valle Cueto. Entre 1994 y 1995, cuando muchas emisoras venezolanas languidecían en la mediocridad técnica, este empresario visionario adquirió la frecuencia y la sometió a una cirugía mayor. Cambió válvulas por transistores de última generación, renovó los estudios y, sobre todo, entendió que la nostalgia no está reñida con la modernidad. Bajo su mandato, la vieja 890 AM se convirtió en un referente de claridad en medio del caos radiofónico.
A su muerte, en 2017, el cetro pasó a manos de su hijo, Antonio Del Valle Velázquez. El heredero no desentonó. Comprendió que la frecuencia había migrado, como todo en esta vida, y que el futuro se llamaba 90.9 FM. Sin embargo, el alma permanecía intacta: los servicios públicos seguían leyéndose con la misma solemnidad de misa; los boleros prohibidos y las gaitas zulianas encontraban un resquicio en la programación; y las cuñas patrióticas sonaban con ese dejo que hace llorar al emigrante.
La calle Girardot se quedó pequeña, claro. La emisora cambió de sede, pero nunca de espíritu. El reconocimiento oficial llegó tarde, pero certero: en 1998, el Concejo Municipal de Valencia la declaró Patrimonio Cultural. Luego, en 2023, la Asamblea Nacional la elevó a la categoría de Patrimonio Cultural Inmaterial de Venezuela. No era un título gratuito; era la constatación de que una frecuencia puede ser, también, un abrazo.
El sonido que teje barrios
Lo mágico de Radio América no reside en sus estudios, ni en sus medallones, ni en los pergaminos que adornan sus paredes. La magia verdadera, la que duele con nostalgia, se respira en cada ranchería de Carabobo. Ahí donde la luz eléctrica parpadea, el receptor sigue encendido. Es el sonido que acompaña el hervido de los granos, el que arrulla al obrero antes del turno nocturno, el que anuncia el nacimiento de un niño o la desaparición de un perro.
Quien haya crecido en la parroquia Santa Rosa o en el barrio central sus memorias más vívidas en el momento exacto en que el locutor, con la emoción contenida, soltaba el estribillo de «Usted está en La Onda de la Alegría». Era una contraseña. Significaba que, por unos minutos, la pobreza no tocaba la puerta, porque la música ponía un filtro de dicha sobre la realidad áspera.
Recuerdo, con esa claridad que solo concede el tiempo, aquella transmisión especial del 11 de abril de 1978, cuando cumplieron veinticinco años. El entonces presidente de la república, Carlos Andrés Pérez, envió una carta de felicitación que leyeron al aire, con pausa teatral, mientras la gente se agolpaba frente a las vidrieras de las bodegas para escuchar mejor. No había internet. No había pantallas. Había apenas una voz y un transistor manchado de grasa y esperanza.
Datos que son persistencias
Caminando hacia el futuro, la emisora cumplió el 11 abril de 2026, sus 73 años de trayectoria ininterrumpida. Setenta y tres inviernos, setenta y tres glorias, setenta y tres carnavales transmitidos al compás de la misma antena que nunca se rindió. En un país donde tantas voces callaron, esta sigue hablando.
No es casualidad que los carabobeños la llamen, con orgullo callejero, «el corazón de Carabobo». El corazón, se sabe, bombea vida. Y esta radio ha bombardeado ondas sonoras que se convirtieron en salario, en consuelo, en lágrima compartida y en carcajada de madrugada.
Mi abuelo ya no está. Su transistor reposa en una caja de zapatos, junto a fotografías amarillentas y una púa de caña. Pero a veces, cuando la estática de la noche se vuelve espesa, enciendo la 90.9 FM. Cierro los ojos. Y juro que escucho, muy al fondo, aquella misma voz de los años setenta anunciando un número de lotería que nunca olvidé. Entonces comprendo: la magia no era el aparato. Era la certeza de que, mientras esa frecuencia existiera, la suerte siempre encontraría el modo de tocar a nuestra puerta.
LEYENDA 1-Aquel 11 de abril de 1953, cuando Monseñor Bernardo Heredia y el locutor taurino Manolo Fachín Deboni encendieron los transmisores en una modesta casa de la calle Girardot, nadie imaginó que estaban pariendo un fenómeno social
LEYENDA 2-Usted está en La Onda de la Alegría». Era una contraseña. Significaba que, por unos minutos, la pobreza no tocaba la puerta, porque la música ponía un filtro de dicha sobre la realidad áspera
LEYENDA3-Lo mágico de Radio América no reside en sus estudios, ni en sus medallones, ni en los pergaminos que adornan sus paredes. La magia verdadera, la que duele con nostalgia, se respira en cada ranchería de Carabobo



