1318 x 300

Una momia entre nosotros

Por Carlos Tovar  

El éxodo del general Marcos Pérez Jiménez en 1958 a bordo del avión C-54, apodado «la vaca sagrada», no solo marcó el fin de una era, sino que dejó tras de sí un enigma que aún hoy persiste en los rincones más oscuros de la memoria nacional. Entre las pertenencias abandonadas por el dictador, ninguna ha generado más misterio que La Mandolina, aquella momia que durante años ocupó un lugar privilegiado en su despacho, encerrada en una vitrina de cristal como si fuera un trofeo macabro.  

El origen del mito

Nadie sabe con certeza cómo llegó a manos del general. Algunos aseguran que fue un regalo de diplomáticos peruanos, un gesto de buena voluntad que terminó convertido en objeto de fascinación morbosa. Otros, en cambio, juran que la adquirió en un mercado de antigüedades en Caracas, donde un comerciante sin escrúpulos le vendió el cadáver momificado como si fuera una simple curiosidad. «Era una pieza de colección para él», murmuraba un exmilitar años después, bajo condición de anonimato. «La mostraba como quien exhibe un arma rara o un animal disecado».  

Lo cierto es que, tras la huida del dictador, La Mandolina desapareció sin dejar rastro. Y fue entonces cuando comenzaron los rumores.  

La momia errante

En los años siguientes, los testimonios se multiplicaron. En Barinas, decían haberla visto abandonada en un patio de bolas, expuesta a la lluvia y el sol, su piel apergaminada agrietándose lentamente. «Era ella, no había duda», contaba un campesino años después. «Pero cuando volví con mi hermano al día siguiente, ya no estaba. Solo quedaba un rastro de serrín en el suelo, como si alguien la hubiera arrastrado».  

En Caracas, un grupo de estudiantes afirmó haberla encontrado en un almacén abandonado cerca de El Silencio, envuelta en una tela negra y rodeada de documentos quemados. «Parecía que alguien había intentado deshacerse de ella», relataba uno de ellos décadas después. «Pero nos dio miedo tocarla. Había algo… maligno en ese cuerpo».  

El hallazgo que desató la fiebre

En 1972, en Valencia, estado Carabobo, un periódico local publicó un reportaje que avivó la leyenda: una casona en ruinas, a punto de colapsar, guardaba entre sus escombros algo perturbador. Testigos afirmaban que, entre cuadros desgarrados y archivos mohosos, La Mandolina yacía en un rincón, como si el tiempo la hubiera olvidado. «Era ella, la misma que Pérez Jiménez exhibía», insistió un vecino anónimo. Pero cuando curiosos y periodistas llegaron al lugar, la casa estaba custodiada por hombres de uniforme. Nadie pudo entrar. Esa misma noche, según rumores, un camión sin placas se llevó «algo grande y cubierto con una lona».  

La leyenda que no muere

Hoy, más de seis décadas después, la pregunta sigue en el aire: ¿qué fue de La Mandolina?  

Los escépticos insisten en que nunca existió, que fue solo un invento de la propaganda para alimentar el morbo en torno al gobierno de Pérez Jiménez. Pero los que creen en su existencia tienen teorías más siniestras: que fue vendida en el mercado negro, que está escondida en una bóveda privada, o incluso que aún recorre el país, cambiando de manos en secreto.  

«La gente cree que las momias son cosas de Egipto o de películas», dice un historiador local, prefiriendo no dar su nombre. «Pero en Venezuela hay historias que ni los libros se atreven a contar. Y esta es una de ellas».  

Lo único seguro es que, mientras alguien siga hablando de ella, La Mandolina no habrá desaparecido del todo. Solo estará esperando, en algún lugar oscuro, a que otro la encuentre.  

 

El éxodo del general Marcos Pérez Jiménez en 1958 a bordo del avión C-54, apodado «la vaca sagrada», no solo marcó el fin de una era, sino que dejó tras de sí un enigma que aún hoy persiste en los rincones más oscuros de la memoria nacional
Hoy, más de seis décadas después, la pregunta sigue en el aire: ¿qué fue de La Mandolina?
En Venezuela hay historias que ni los libros se atreven a contar y esta es una de ellas
TUFLASHNEWS

Otras Noticias

Más Leídas