1318 x 300
previous arrow
next arrow

Venezuela en peligro de quedar atrapada en una trampa digital

AL GRANO

por Douglas González

dougon4@gmail.com

Un 71 por ciento de los usuarios de las redes sociales considera que su interacción en línea, marca una diferencia en la realidad, cuando en verdad no están haciendo nada. Son víctimas de lo que se conoce como “slacktivism”, activismo de silla o digital; se caracteriza por crearle al sujeto una idea de “eficacia ilusoria”, lo cual a largo plazo termina generando frustración, anulación social y autoestima.

¿Vale la pena denunciar por las redes? Si, y han sido determinantes para que el venezolano conozca la incapacidad actual del Estado. Todo lo que el terremoto ha puesto en el tapete,  han conducido a desmontar los tres palos que en apariencia lo sostenían el cuento de un Estado eficiente revolucionario.

Sin embargo, hecha la denuncia y su propagación es vital pasar a la acción, organizarse, trazar estrategias y no quedarse en línea como espectador del evento.

En los últimos días, hemos visto como una oleada de denuncias, análisis y protestas han inundado las redes digitales, asunto que ha involucrado a todos los segmentos de la población; pero pasado ese punto, es necesario que la demanda impostergable de cambio y transformación del país, no quede circunscritas al espacio digital, porque al final puede terminar en una oleada emocional que se apaga envuelta en su propia fuerza, atrapada en la trampa de los algoritmos.

LOS ME GUSTA

En Venezuela, bajo las actuales circunstancias, se estaría jugando a favor del régimen, sin saberlo, creyendo que publicando en las redes y participando de los “me gusta”, se puede generar un cambio de poder, o transformar la realidad.

Los “me gusta” son motivadores, buenos para generar un ambiente de proactividad, excelentes para alertar sobre emergencias y muy recurrentes en procesos electorales, pero por sí mismos no constituyen un movimiento social. Son una expresión de opinión pública, expresan una valoración, el respaldo a un parecer, o a un punto de vista.

Los “me gusta” son una especie de espadas de dos filos, porque dan la sensación de estar “infinitamente” comunicados, pero al mismo tiempo, nos dejan inertes en la acción y la organización, lo que nos hace políticamente inmóviles y nulos.

Las redes son el horizonte de las representaciones, lo que Guy Debord – célebre estratega francés- y se inscriben en lo que él llamó la sociedad del espectáculo. Una forma de organizar la existencia en torno medios de comunicación de masas -hoy a esa ecuación habría que agregarle las redes sociales- donde todos podemos  terminar siendo más espectadores que actores, porque en este horizonte de los eventos la experiencia es sustituída por su representación.

Las redes sociales no son únicamente escenarios donde la realidad se representa; son dispositivos que producen subjetividades, modelan emociones y administran comportamientos.

La tragedia que vive Venezuela, constituye un laboratorio privilegiado para observar este fenómeno:Frente al progresivo cierre de los espacios institucionales, la reducción del espacio público y la desconfianza hacia las formas tradicionales de representación política, millones de venezolanos trasladaron la deliberación política a las plataformas digitales. Facebook, X, Instagram, TikTok y WhatsApp se convirtieron en una inmensa ágora virtual donde diariamente circulan denuncias, insultos, investigaciones, rumores, documentos, burlas, desesperanza y llamados al cambio.

ACCIÓN POLÍTICA

La pregunta es si ese inmenso caudal de comunicación constituye realmente una forma de acción política o, por el contrario, representa una sofisticada modalidad de administración del descontento, o una liberación catártica según los términos aristotélicos.

Hay una perspectiva digna de atención, desarrollada por el filósofo coreano Byun Chun Han, en lo que denomina “neoliberalismo digital”, que funciona como una forma camuflada del poder que es mucho más eficiente que la represión. No necesitas prohibir la palabra, sino darle rienda suelta para que se agote, deje de significar.

Mientras más hablamos, menos actuamos. Mientras más reaccionamos, menos  nos organizamos. Mientras más publicamos, más datos producimos para el propio sistema. Sumamos algoritmos.

¿La consecuencia? La posibilidad de asfixiar al poder y liquidar su funcionamiento llevándolo al colapso “desaparece” absorbida por una marejada incesante de opiniones circulando en las redes que atonta y neutraliza.

Han señala que los individuos creen ejercer plenamente su libertad cuando, en realidad, participan sin saberlo de mecanismos de producción de información, vigilancia y autoexplotación.

OPOSICIÓN DIGITAL

La oposición digital venezolana parece encontrarse atrapada en esa paradoja. Cada escándalo genera miles de publicaciones. Cada denuncia produce millones de visualizaciones. Cada decisión gubernamental desencadena oleadas de indignación.

Pero una vez consumido el ciclo emocional, el algoritmo exige inmediatamente un nuevo episodio. La mente viaja al escenario novelesco esperando el desenlace “ideal”.

La política comienza entonces a obedecer los ritmos de la economía de la atención.

Ya no importa tanto la profundidad del análisis como su capacidad para viralizarse.

No importa la consistencia del argumento sino su potencial de interacción.

La emoción desplaza a la reflexión. La velocidad sustituye al juicio.

Es la expulsión de lo distinto, una tesis desarrollada por Han, que señala: La sociedad digital elimina progresivamente la alteridad.

Los algoritmos tienden a premiar aquello que confirma nuestras propias convicciones y expulsan la diferencia, la complejidad y la contradicción.

El resultado es la formación de comunidades afectivas donde todos piensan de manera semejante y donde la discrepancia deja de producir diálogo para convertirse en motivo de esa expulsión de lo distinto, pero nadie se da cuenta de eso.

Las redes venezolanas ilustran con claridad este proceso. La oposición conversa fundamentalmente consigo misma- como una masa cerrada a decir de Elias Canetti-

El oficialismo hace exactamente lo mismo.

Cada comunidad consume únicamente la información que confirma sus certezas.

Los algoritmos fortalecen esa segmentación porque descubrieron que el consenso emocional genera mucho más tiempo de permanencia que el pensamiento crítico.

El «me gusta» deja entonces de expresar un juicio racional para convertirse en una respuesta afectiva. No premia la verdad. Premia la identificación. No recompensa el mejor argumento. Recompensa aquello que confirma la identidad del grupo. El «me gusta» constituye la unidad mínima de una economía emocional cuya mercancía principal ya no es la información sino la atención.

En consecuencia, la indignación adquiere un valor paradójico. No amenaza al sistema comunicacional. Lo alimenta.

LA DICTADURA DE LOS ALGORITMOS

Cada comentario incrementa el tráfico. Cada discusión fortalece los algoritmos. Cada polarización aumenta el tiempo de permanencia en la plataforma. La rabia termina siendo extraordinariamente rentable.

No existe escasez de discursos.

Existe escasez de organización.

No falta información.

Falta comunidad.

La sociedad venezolana parece oscilar entre dos formas de impotencia: la impuesta por el poder y la producida por el ecosistema digital.

La primera limita las posibilidades materiales de participación.

La segunda transforma la participación en consumo emocional.

En cierta medida Debord tenía razón al afirmar que vivimos bajo el dominio del espectáculo. Pero Han nos obliga a reconocer que el espectáculo ya no consiste únicamente en contemplar imágenes. Ahora consiste en participar incesantemente en ellas, creyendo que esa participación constituye una forma suficiente de libertad. Pero hace falta más, hace falta volver al horizonte real, más allá del que nos presentan las redes, sortear la trampa digital y hacernos actores del cambio y la transformación.

La Guerra Híbrida de Estados Unidos

La estrategia norteamericana en Venezuela cada día tiende a ser más el despliegue de un plan de contención y desgaste prolongado, que una intervención militar clásica del siglo XX, lo que llaman guerra híbrida. Dentro de ese contexto lo más probable es que el llamado “rodrigato” se mantenga por un año más, máximo dos. Tiempo en el cual habrá negociaciones intermitentes, sanciones que se flexibilizarán o endurecerán según el comportamiento del régimen con respecto a Washington, cuyo principal objetivo es mantener y repuntar cierta producción petrolera y de otros recursos minerales.

Un cambio abrupto e inmediato de régimen es improbable si no ocurre una fractura dentro del chavismo. El tutelaje de Washington, conducirá a una transición gradual negociada; reformas económicas parciales; apertura limitada; permanencia de una parte de las élites actuales con garantías, hasta se finalice el proceso de transición ¿qué gana Washington con esto? Evitar una escalada militar en el Caribe que supere las 72 horas.

TUFLASHNEWS

Otras Noticias

Más Leídas