DIARIO LA CALLE
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Bajo los escombros buscan el latido de la esperanza

Milanyel Ruiz

Hay uniformes que dejan de oler a humo para empezar a oler a resistencia. Después de días entre polvo, concreto roto y jornadas que comenzaban temprano y terminaban entrada la madrugada, los integrantes del Cuerpo de Bomberos Voluntarios de la Universidad Central de Venezuela (UCV) seguían vistiendo la misma ropa. El polvo gris ya no distinguía dónde terminaba la tela y dónde empezaba el cuerpo entre las jornadas de rescate; cambiarse no era una prioridad. Mientras hubiera una posibilidad —por pequeña que fuera— de encontrar un latido bajo los escombros, volverían a ponerse ese uniforme una y otra vez.

 

El 24 de junio no fue un día cualquiera; fue la fecha en que la tierra decidió recordarnos que también sabe rugir y que basta un instante para poner en duda todo aquello que creemos firme. Mientras Venezuela intentaba entender la magnitud de los terremotos de 7,2 y 7,5 que sacudieron al país, el teniente coronel Francisco D’Elia, con 30 años de servicio en el Cuerpo de Bomberos Voluntarios de la UCV, hizo lo primero que haría cualquier ser humano: buscó a su familia, la abrazó con fuerza, se encomendó a Dios y esperó que el silencio que siguió al temblor significara una oportunidad más para seguir vivo. La siguiente decisión ya no fue la de un padre ni la de un esposo, sino la de un bombero.

El primer pensamiento de Oliver Alvarado, sargento mayor del Cuerpo de Bomberos Voluntarios de la UCV, tampoco fue un protocolo. Fue su esposa. Fueron sus tres hijos. Vive en La Guaira, pero aquel miércoles estaba en Caracas participando en un entrenamiento de rescate de bomberos cuando la tierra comenzó a moverse. Las líneas telefónicas colapsaron, así que bajó desesperado hasta la ciudad sin saber si su casa seguía en pie. Solo respiró cuando recibió un escueto mensaje de texto enviado por su esposa: “Estamos en Caracas”. Después de comprobar que todos estaban a salvo, regresó al uniforme.

El 24 de junio no fue un día cualquiera; fue la fecha en que la tierra decidió recordarnos que también sabe rugir y que basta un instante para poner en duda todo aquello que creemos firme. Mientras Venezuela intentaba entender la magnitud de los terremotos de 7,2 y 7,5 que sacudieron al país, el teniente coronel Francisco D’Elia, con 30 años de servicio en el Cuerpo de Bomberos Voluntarios de la UCV, hizo lo primero que haría cualquier ser humano: buscó a su familia, la abrazó con fuerza, se encomendó a Dios y esperó que el silencio que siguió al temblor significara una oportunidad más para seguir vivo. La siguiente decisión ya no fue la de un padre ni la de un esposo, sino la de un bombero.

El primer pensamiento de Oliver Alvarado, sargento mayor del Cuerpo de Bomberos Voluntarios de la UCV, tampoco fue un protocolo. Fue su esposa. Fueron sus tres hijos. Vive en La Guaira, pero aquel miércoles estaba en Caracas participando en un entrenamiento de rescate de bomberos cuando la tierra comenzó a moverse. Las líneas telefónicas colapsaron, así que bajó desesperado hasta la ciudad sin saber si su casa seguía en pie. Solo respiró cuando recibió un escueto mensaje de texto enviado por su esposa: “Estamos en Caracas”. Después de comprobar que todos estaban a salvo, regresó al uniforme.

La sargenta segunda y jefa de la Brigada Juvenil Doriana Medrano ni siquiera alcanzó a entender qué estaba ocurriendo. Estaba manejando desde La Guaira hacia Caracas cuando el carro comenzó a moverse de una forma que no lograba explicar. Pensó primero en su hermana, que estaba en la capital. Le escribió un mensaje corto: “Aquí pasó algo. No estoy segura de qué fue”.

Solo cuando llegó a su casa entendió la dimensión de la tragedia. Recogió algunas pertenencias, comprobó que su madre y su hermana estaban bien y, sin detenerse demasiado, tomó otra decisión instintiva: ir a la base del Cuerpo de Bomberos. “Creo que el ímpetu de uno siempre es ayudar”, resume para El Diario.

Desde ese momento, todo el equipo comenzó una carrera contra el tiempo en un país que se encontró con edificios derrumbados, comunidades incomunicadas y familias buscando respuestas bajo los escombros. Para este cuerpo de bomberos, la emergencia ha implicado una movilización inmediata, pero también un choque frontal con una realidad que conocen desde hace años: la escasez de recursos. Gran parte de su flota permanece fuera de servicio, por lo que llegar a las zonas más afectadas de La Guaira ha dependido de autobuses estudiantiles de la universidad y de vehículos rústicos prestados por particulares. La urgencia de salvar vidas tuvo que abrirse paso entre las limitaciones de un cuerpo de rescate que, aun con poco, nunca ha dejado de responder.

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