Un recorrido por los hechos que llevaron a la aprehensión de Jesús Gabriel, el religioso paraguanero acusado de abusar de una niña de 12 años, y que pretendía huir a Brasil.
Coro, febrero de 2026. – El calor de la costa de Sucre, ajeno al drama que se gestaba a cientos de kilómetros, en la península de Paraguaná, fue el escenario final de una fuga truncada. El 26 de enero, agentes detuvieron a un hombre que intentaba cruzar fronteras, dejar atrás no solo un país, sino el peso de una acusación que había pendido sobre él como una sombra desde abril de 2024. Ese hombre no era un delincuente común: vestía alzacuellos. Es el sacerdote Jesús Gabriel, oriundo de Santa Ana, municipio Carirubana, estado Falcón, y su arresto desató la trama de un secreto que había roto una infancia.
La orden de aprehensión, emanada del Tribunal Cuarto de Control de Falcón, era antigua y contundente: buscaba al religioso por el delito de abuso sexual contra una niña de 12 años. Pero la justicia, a veces lenta en su mecanismo burocrático, se topó con una alarma que sonó en el lugar más cotidiano y crucial: una escuela.
Todo comenzó con un cambio. Una maestra, cuya mirada va más allá de las lecciones escritas en la pizarra, notó que algo profundo y doloroso había invadido a una de sus alumnas. La niña, antes vivaz, se había encerrado en un mutismo perturbador, su mirada se perdía y su descuido personal era una bandera de auxilio. La docente, en un acto de valentía y compromiso, la llevó a un espacio de confianza y le preguntó. Y ante la pregunta, se quebró el dique del silencio.
La menor, con un tormento que no debería caber en alma tan joven, confesó. Le contó a su maestra que estaba “cansada de lo que le hacía el sacerdote”, quien la tenía “atormentada”. El horror había sido tal, que la idea del suicidio se había cruzado por su mente como un desesperado camino de escape. La maestra no dudó. Actuó como el primer eslabón de una cadena protectora que la ley diseñó para estos casos.
La información llegó al Consejo Municipal de Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes, y de allí, con la urgencia que el relato exigía, a la Fiscalía Décima Segunda y al CICPC de la Delegación Municipal de Punto Fijo. La maquinaria legal se puso en marcha. Se practicó la medicatura forense a la niña, y sus resultados fueron el espaldarazo científico que confirmó la agresión. Con esta prueba en mano, detectives se dirigieron a la casa parroquial de María Auxiliadora, buscando al sacerdote. Pero él ya no estaba. Había emprendido la huida.
Mientras las autoridades lo buscaban en Falcón, él viajaba hacia el oriente del país, con la intención, según las investigaciones, de llegar a Brasil. La justicia, sin embargo, lo esperaba en Sucre. Su captura cerró un capítulo de fuga, pero abrió el de la rendición de cuentas.
La audiencia se celebró de manera telemática. Ante la jueza Mary Angelis Mora, la fiscal Yoelsis Romero presentó el arsenal de evidencias: el testimonio, los resultados forenses, la investigación. La petición fue clara y la respuesta judicial, contundente. El tribunal dictó medida privativa de libertad por el delito de abuso sexual agravado con víctima vulnerable en grado de continuidad.
Este viernes, en un acto judicial previo a su traslado definitivo, se celebró la prueba anticipada. Allí estuvo presente la representante legal de la niña. No hubo discursos largos, ni peticiones vengativas. Solo una palabra, simple y monumental, que resume el grito de una niña, de una maestra, de una comunidad que confió y se traicionó: Justicia.
Ahora, el padre Jesús Gabriel espera el proceso en una celda, lejos del púlpito y de la feligresía que una vez guió. Su caso no es solo un suceso policial; es una herida para una comunidad creyente y un recordatorio sombrío de que los monstruos a veces visten hábitos, y de que la esperanza, a veces, llega con la mirada atenta de una maestra en un salón de clases. La crónica de Paraguaná a Sucre es la de una fe vulnerada y de una infancia que, al fin, puede empezar a sanar. Información y datos proveniente del diario Quinto Día de Coro .




