Por Carlos Tovar
En el imaginario popular de los valencianos existe un lugar que, aunque físicamente desapareció, se niega a morir en el recuerdo colectivo. Se trata del Castillo de la Viña, también conocido como la Mansión de la Alegría, una imponente construcción que durante décadas dominó el paisaje desde lo alto de una colina y que hoy solo perdura en las historias que suscita el valor de quienes se atrevieron a desafiarlo.
La edificación, que muchos recordaban como un escenario sacado de una película de terror, se alzaba en la parte trasera del Polideportivo Misael Delgado, específicamente en la calle 153 de la urbanización La Alegría. Su silueta solitaria y su aspecto de fortaleza abandonada la convirtieron, sin necesidad de publicidad alguna, en un imán para curiosos, enamorados y grupos de jóvenes que buscaban probar su valentía.
Los orígenes de una construcción emblemática
La historia de esta casona de estilo ecléctico se remonta a 1935, cuando Don José Delgado Filardo salió del castillo de Puerto Cabello tras cumplir una condena. La propiedad, que con el tiempo sería conocida como Castillo Delgado Filardo por sus dueños originales, se convirtió en el hogar de la familia Delgado Hurtado, quienes habitaron sus espacios hasta que el abandono terminó por envolverla en un aura de misterio.
Desde su colina privilegiada, la mansión observaba la ciudad mientras el paso de los años convertía sus muros en testigos silenciosos del crecimiento urbano. Pero fue precisamente ese abandono el que alimentó su leyenda, transformándola en un personaje más del paisaje valenciano, dotado de vida propia y secretos que solo los más osados se atrevían a descubrir.
Voces en la oscuridad: La experiencia de dos rockeros
Entre los múltiples relatos que tejieron la fama del Castillo de la Viña, hay dos que destacan por su impacto y por la manera en que reflejan las distintas caras del misterio que envolvía aquel lugar. El primero ocurrió cuando los jóvenes William Domínguez y Zaina González, ambos amantes del rock y la poesía, decidieron pasar una noche en la casona con la intención de escribir versos y entonar canciones de los años noventa.
Al principio, la aventura prometía ser una experiencia bohemia inolvidable. Sin embargo, cuando la noche cerró su cerco sobre la colina, el ambiente comenzó a tornarse denso y amenazante. Zaina fue la primera en manifestar su nerviosismo al asegurar que escuchaba voces provenientes del interior de la construcción, como si hubiera personas moviéndose en las sombras.
Fue entonces cuando William percibió una figura femenina ataviada con ropas de otra época que lo observaba fijamente desde la oscuridad. Ambos jóvenes sintieron que algo o alguien los estaba empujando a abandonar el lugar, una fuerza invisible que probaba su resistencia al miedo. Soportaron el frío y el terror durante toda la noche, pero cuando las primeras luces del alba comenzaron a dibujarse en el horizonte, descubrieron que desde las ventanas de la casa unas siluetas los miraban. Parecían niños. Aquella mañana comprendieron que no habían pasado la noche en un sitio abandonado, sino en un espacio habitado por una presencia oscura que simplemente toleraba a los vivos como intrusos ocasionales.
El enigma de la compañía invisible
La segunda historia, narrada por el poeta Victorino Pérez, ofrece una variante igualmente escalofriante pero de naturaleza distinta. Tras finalizar una tormentosa relación amorosa, Pérez decidió subir solo al castillo, desafiando tanto la leyenda como el temor que inspiraba el lugar. Nada lo detuvo.
Al llegar, se encontró con una joven de apariencia normal que conversó con él amablemente. La muchacha, que según dijo era artista, le mostró unos bocetos del castillo que había realizado. Victorino, aún afectado por el reciente rompimiento, encontró en aquella compañera inesperada un bálsamo para su dolor. La joven misteriosa resultaba agradable, y la conversación fluyó mientras la tarde avanzaba.
Cerca de las seis, unas voces anunciaron la llegada de otros visitantes que subían la colina. Cuando estos se acercaron, preguntaron a Victorino por qué estaba solo en aquel lugar. El poeta, extrañado, respondió que no se encontraba solo, que estaba con una joven que había estado conversando con él durante horas. Fue entonces cuando una muchacha del grupo que acababa de llegar soltó la frase que helaría la sangre de cualquiera: «Te estamos mirando desde abajo y siempre te vimos completamente solo».
Un patrimonio que sobrevive en la memoria
El Castillo de la Viña ya no existe físicamente. La piqueta del progreso o el simple deterioro terminaron con su estructura, y hoy solo queda el terreno baldío que ocupaba, testigo mudo de su propia historia. Sin embargo, quienes tuvieron la oportunidad de contemplar aquella mole desde la distancia o de recorrer sus espacios, conservan una mirada nostálgica hacia ese ícono perdido.
La importancia cultural de esta construcción trasciende su desaparición física. Plataformas como Valencia de Antaño han dedicado esfuerzos a preservar imágenes y testimonios de quienes conocieron el castillo en sus diferentes épocas, documentando así un patrimonio arquitectónico que la ciudad dejó escapar pero que se niega a olvidar.
La magia de Valencia, esa que a veces parece empeñada en borrar sus propios símbolos, encuentra en el Castillo de la Viña una excepción. Su recuerdo se niega a diluirse porque las historias que generó tienen la consistencia de lo vivido, de lo sentido por quienes se atrevieron a mirar de frente aquella mole enigmática.
Hoy, cuando la noche cubre la colina donde antes se alzaba la mansión, algunos aseguran que todavía puede percibirse su presencia. Como si la construcción, hecha de piedras y misterio, hubiera encontrado la manera de trascender su propia demolición para instalarse definitivamente en el alma de una ciudad que la vio nacer, crecer y convertirse en leyenda.
El Castillo de la Viña permanece, intacto, en esa dimensión donde habitan los recuerdos que se niegan a morir. Y mientras exista un valenciano dispuesto a contar su historia, la mole seguirá mirando desde su colina glorificada, desafiando al tiempo y al olvido con la fuerza inquebrantable de lo que existe más allá de lo tangible.
Leyenda-1-El Castillo de la Viña, también conocido como la Mansión de la Alegría, una imponente construcción que durante décadas dominó el paisaje desde lo alto de una colina y que hoy solo perdura en las historias que suscita el valor de quienes se atrevieron a desafiarlo
Leyenda-2- Su silueta solitaria y su aspecto de fortaleza abandonada la convirtieron, sin necesidad de publicidad alguna, en un imán para curiosos, enamorados y grupos de jóvenes que buscaban probar su valentía
Leyenda-3-El Castillo de la Viña ya no existe físicamente. La piqueta del progreso o el simple deterioro terminaron con su estructura, y hoy solo queda el terreno baldío que ocupaba, testigo mudo de su propia historia. Sin embargo, quienes tuvieron la oportunidad de contemplar aquella mole desde la distancia o de recorrer sus espacios, conservan una mirada nostálgica hacia ese ícono perdido


