Por Carlos Tovar / Fotografias cortesia
Ubicación: Cordillera de la Costa, norte de Valencia y Naguanagua (Estado Carabobo, Venezuela).
Altitud: 1.100 metros sobre el nivel del mar.
Fecha del caso documentado: Últimos avistamientos registrados entre 2022 y 2024.
Un paraíso que retiene secretos
El sol declina tras las cimas. La ciudad, abajo, se enciende en un hormigueo anaranjado. Arriba, en las entrañas del Cerro La Florida, el silencio no es ausencia de ruido, sino un manto pesado. Los excursionistas lo saben: este mirador del valle, famoso por sus desafiantes pendientes y su aire puro, es también un escenario donde lo cotidiano se quiebra. Al caer la noche, las piedras calizas parecen grabar memorias ajenas. Los lugareños advierten: no todo visitante regresa contando la misma historia.
El hechizo del desorientado
Ocurre en las zonas de helechales densos, cerca de la Fila Bárbula. Grupos de tres o más personas ascienden juntos. De repente, uno se separa para orinar o fotografiar una flor. Minutos después, ya no hay forma de reencontrarse. Los teléfonos marcan «sin cobertura». Los gritos se pierden entre el viento alisio.
Los rescatistas del municipio Naguanagua tienen un término para esto: «el bucle de La Florida». El caminante extraviado camina en círculos durante horas, jura haber visto a sus compañeros a diez metros, pero al llegar, no hay nadie. Cuando por fin es hallado —casi siempre al amanecer—, su mirada refleja algo más que cansancio. «La montaña no quería que me fuera», susurró una joven deportista en abril de 2023. Los ancianos de las comunidades aledañas sonríen con sabiduría: «Es el Guardián del Helechál. No castiga, solo enseña respeto».
Esferas y sombras: el cielo vigilante
Ningún misterio en Carabobo atrae más miradas que las «luces errantes». No son satélites, ni drones. Los testimonios coinciden: esferas anaranjadas que flotan en absoluto sigilo sobre los 1.100 metros de la cumbre. Una noche de diciembre de 2022, cinco testigos —tres hombres y dos mujeres— observaron cómo una de esas esferas descendía entre los árboles sin hacer ruido. «Pensé que era una linterna, pero no proyectaba luz al suelo. Era como una pupila flotante», relató uno de ellos.
Lo más perturbador llegó en enero de 2024. Un grupo de excursionistas nocturnos captó con sus propios ojos un objeto alargado, de unos veinte metros, suspendido sobre la Sabana de la Guardia. Permaneció inmóvil durante tres minutos. Luego, se disolvió. No se fue volando: se deshizo en la oscuridad. En la base de Naguanagua, un funcionario de protección civil confesó bajo condición de anonimato: «Hay informes que nunca subimos al parte oficial. ¿Para qué? Nadie nos creería».
El eco de la Guerra de Independencia
No todo lo inexplicable viene del cielo. En las faldas del cerro, donde el bosque de galería se espesa, senderistas veteranos han denunciado algo peor que perderse: escuchar tropas marchando. Pasos firmes. Correas de cuero. De vez en cuando, un grito apagado en español antiguo.
Los historiadores locales recuerdan que estas serranías fueron vigías estratégicas durante la lucha emancipadora. Patrullas realistas y republicanas usaban estos caminos para espiar al enemigo. Algunos murieron aquí. ¿Quedará algo atrapado en la roca? Los más escépticos hablan de «infrasonidos naturales» que el cerebro traduce como pisadas. Los más creyentes, en cambio, encienden velas cada 19 de abril.
Un testimonio escalofriante: en mayo de 2023, durante el Velorio de la Cruz de Mayo, una mujer que subía a adornar la cruz divisó entre la niebla la silueta de un soldado a caballo. Miró dos veces. Ya no había nada. Solo el olor a pólvora húmeda. Ella bajó corriendo y no ha vuelto a pisar el cerro.
El tesoro que ciega
La tradición oral más arraigada habla de entierros de oro. Familias adineradas que huían del avance republicano escondieron cofres en cuevas hoy tapadas por derrumbes. También se menciona a un hacendado cruel que maldijo sus riquezas antes de morir. Quien busca, no halla. Quien tropieza con una vasija de barro llena de monedas, según reza la leyenda, perderá la razón al tercer día.
Dos buscadores de tesoros, en 2019, aseguraron haber visto un «fulgor metálico» bajo una raíz milenaria. Excavaron una noche entera. Al amanecer, solo hallaron huesos de animal. Pero lo extraño ocurrió después: ambos soñaron durante una semana con la misma cara desfigurada. Uno de ellos cambió de ciudad. El otro aún se niega a hablar del tema.
Un cerro que respira
El Cerro La Florida no es un lugar común. Allí, los incendios forestales arrasan en sequía, los bomberos arriesgan su piel, las cruces de mayo se adornan con papel de colores y, cuando todo se apaga, algo observa desde los helechos. No importa si se trata del Guardián, de un ovni o de un eco militar. Lo único cierto es que este rincón de la Cordillera de la Costa guarda un secreto que la ciudad, abajo, prefiere ignorar.
¿Quiere visitarlo? Hágalo de día. En grupo. Y sobre todo, nunca se aleje del sendero. Porque si la montaña decide que se quede… usted se quedará. Aunque grite. Aunque corra. Hasta que el alisio borre sus pasos.
Leyenda-1-Los lugareños advierten: no todo visitante regresa contando la misma historia
Leyenda-2-Cerro La Florida, el silencio no es ausencia de ruido, sino un manto pesado. Los excursionistas lo saben
Leyenda-3-Es también un escenario donde lo cotidiano se quiebra. Al caer la noche, las piedras calizas parecen grabar memorias ajenas






