Gobierno de Unidad Nacional vs. Polarización
(Por: Rubén Limas Telles)
.- La polarización se convirtió en un negocio para los extremos, urge la imperiosa e histórica oportunidad para desmontarla y transitar el verdadero camino de la paz, la convivencia civil y democrática.
La polarización venezolana es el resultado de procesos históricos acumulativos, no es nuevo en escena; ha cursado desde la estratificación colonial, caudillismo, rentismo petrolero, debilidad institucional y políticas contemporáneas de confrontación. Conocerlo es imprescindible para entenderla, y desmontarla exige una estrategia integral que combine reformas institucionales, inclusión social, diálogo político creíble, transformación del ecosistema mediático y procesos de justicia y memoria. Sólo abordando simultáneamente estructuras materiales y construcciones simbólicas será posible reducir la hostilidad política y restituir la convivencia democrática.
La polarización venezolana debe entenderse como un proceso histórico multifacético, con raíces profundas en la estructura social, política y económica heredada de la colonia española y que se ha transformado por episodios republicanos, caudillistas, reformas y rupturas contemporáneas. La polarización no es solo la existencia de posiciones opuestas, sino la cristalización de identidades políticas antagónicas que se traducen en exclusión social, erosión de instituciones, violencia psicologica , material y violaciones de los derechos humanos.
Durante la colonia se estableció una jerarquía social rígida basada en la diferenciación étnica y económica: españoles peninsulares, criollos, mestizos, indígenas y esclavos africanos. Esta estratificación produjo divisiones de intereses que se proyectaron en disputas por tierras, acceso al comercio y representación política, esta última por la lucha entre españoles criollos y peninsulares por el control político y administrativo de Venezuela. Luego la independencia agudizó antagonismos: criollos emancipadores ( traidores a la corona) frente a lealtades monárquicas; además, las campañas militares y la economía de la guerra consolidaron liderazgos militares (caudillos) cuya legitimidad se sustentaba en el culto al liderazgo personal y el control territorial, sembrando una cultura política de lealtades personalistas que favorece la polarización. Costumbres que han trasmutado hasta nuestros tiempos.
Luego vino el siglo XIX, el cual estuvo marcado por guerras civiles, fraccionamiento regional y débiles instituciones republicanas. El caudillismo fragmentó el espacio político: los líderes locales consolidaron clientelas y redes de patronazgo, lo que alimentó rivalidades permanentes. Las élites económicas y políticas competían por la renta pública y el control de los recursos, mientras que amplios sectores populares quedaban fuera de la participación política formal, alimentando resentimientos y legitimando reclamos por vías extrainstitucionales.
La masiva transformación económica derivada del auge petrolero desde la década de 1920, reconfiguró la estructura social. El Estado rentista centralizó recursos, generando dependencias y expectativas clientelares. El proceso de modernización promovió alfabetización y urbanización, ampliando la demanda por derechos sociales, lo que cristalizó en conflictos entre sectores conservadores y fuerzas emergentes de corte reformista o populista. Las dictaduras y la democracia representativa alternaron, pero persistieron exclusiones. La polarización se “democratiza” en la medida en que los sectores populares adquieren mayor protagonismo electoral, pero sin la consiguiente consolidad institucional que medie los conflictos.
La elección de Hugo Chávez en 1998 marcó o inició un nuevo punto de inflexión en la confrontación y polarización del país . Chávez articuló narrativas de ruptura con las élites tradicionales, apelando a la justicia distributiva y construyendo una identificación política fuerte alrededor del Estado como proveedor directo de bienes sociales. Paralelamente, se reforzaron identidades opositoras que percibían en el chavismo una amenaza al orden constitucional y al pluralismo económico. La radicalización discursiva, el uso intensivo de recursos estatales para movilización política, y la concentración de poder en las instituciones públicas incrementaron la percepción de exclusión por parte de los contrarios, llevando la polarización a niveles de alta toxicidad social y político-institucional. Han sido duros años que no hemos debido de transitar. Sabemos que hay una responsabilidad compartida donde el mayor peso recae en el Estado venezolano y su gobierno. Es hora de derretir la polarización y acercarnos al centro de la moderación, el consenso, el diálogo y el entendimiento. El primer paso para ese reencuentro lo ha puesto la Ley de Amnistía. Es justo hacer un reconocimiento a todos los diputados que conformaron esa comisión y el ejemplo que se le ha dado al país. El segundo paso debe ser la conformación de un Gobierno de Unidad Nacional.
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