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La Iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria una Historia poca Conocida/ AUDIO

Por :Carlos Tovar

En el sur de Valencia, donde el asfalto moderno se encuentra con los adoquines que aún recuerdan el paso de carretas coloniales, hay un lugar que parece respirar en otro ritmo. La Iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria no se anuncia con estridencias. Se deja encontrar. Y quienes la descubren, tarde o temprano, terminan haciéndose las mismas preguntas.

¿Por qué un grupo de inmigrantes, llegados desde un archipiélago perdido en el Atlántico, decidió plantar aquí su símbolo más sagrado? ¿Qué vieron en este valle que les hizo levantar no solo un templo, sino un bastión de identidad que sobrevivió a revoluciones, epidemias y olvidos?

Frente a sus puertas, la Plaza Miguel Peña asiste inmutable al paso de los peatones. Pero si uno se detiene en el atardecer adecuado, cuando la luz se vuelve densa y las sombras se alargan hacia el campanario, es posible sentir que este lugar guarda un secreto. No se trata de aparecidos ni de apariciones. Es algo más sutil: la certeza de que ciertos espacios acumulan la memoria de quienes los habitaron con fervor.

El Año de la Fundación

El 22 de septiembre de 1847 quedó grabado en los archivos eclesiásticos como la fecha en que este templo adquirió su carácter definitivo. Pero los cimientos se hunden más atrás. En 1781, cuando Venezuela aún era capitanía general del imperio español, el obispo Mariano Martí dejó constancia de una capilla en este lugar. Era apenas una capellanía modesta, un punto de reunión para los pocos vecinos que se aventuraban a poblar los márgenes sur de la ciudad.

Lo que ocurrió entre esas dos fechas —de 1781 a 1847— es el verdadero misterio histórico. Aquellos años vieron la gesta independentista, la disolución de la Gran Colombia, la violencia de la Guerra Federal gestándose en el horizonte. Y sin embargo, en medio de esa turbulencia, la devoción a la Virgen de la Candelaria no solo sobrevivió sino que se consolidó.

Los registros disponibles no hablan de batallas libradas en este lugar. No hubo aquí enfrentamientos militares decisivos. Pero sí hubo algo quizás más poderoso: hubo resistencia silenciosa. La comunidad canaria que se aglutinó en torno a este templo construyó, piedra sobre piedra, un refugio de identidad mientras el país ensayaba su nacimiento como república.

El Estilo que No Termina de Definirse

Quienes han estudiado su arquitectura coinciden en un punto: es difícil encasillarla. El templo exhibe una mezcla que los especialistas llaman “sem colonial” con influencias neoclásicas. Las columnas siguen el orden dórico —sobrias, sin excesos— y las tres naves se despliegan con una amplitud que invita a la recogimiento.

Pero lo más fascinante ocurrió entre 1912 y 1914. En esos años, una restauración profunda transformó gran parte de su fisonomía. Fue entonces cuando el edificio adquirió la apariencia que hoy reconocemos. ¿Qué motivó aquella intervención? ¿Un deseo de embellecimiento, o acaso la urgencia de reparar daños cuyas causas nadie quiso dejar por escrito?

En el barrio se comenta, con la ambigüedad propia de las tradiciones orales, que durante esas obras los trabajadores encontraron cavidades bajo el piso principal. No hay documentos que lo confirmen. Pero la leyenda de los túneles —esa red subterránea que según algunos conectaba casas coloniales, iglesias y cuarteles— encontró en La Candelaria uno de sus puntos de anclaje más persistentes.

La Plaza que lo Cambió Todo

El 1881 trajo consigo un hecho urbano decisivo: la inauguración de la Plaza Miguel Peña frente a las puertas del templo. En ese momento, el sur de Valencia dejó de ser un arrabal para convertirse en un sector consolidado. La plaza se convirtió en el corazón cívico de la parroquia, el lugar donde se discutían los asuntos del barrio, se celebraban las fiestas patrias y se recibía a las autoridades.

La parroquia civil que tomó el nombre de Candelaria se conformó alrededor de esta doble centralidad: la iglesia como núcleo espiritual, la plaza como escenario público. Era una forma de organizar el espacio que venía directamente de la tradición colonial hispanoamericana, pero que aquí adquirió matices propios. Los inmigrantes canarios no solo trajeron su fe; trajeron también una manera de habitar la ciudad, de construir comunidad en torno a un templo y un mercado, un convento y una plaza.

Hoy, caminar por ese mismo espacio es recorrer las capas de una historia que no siempre se enseña en las escuelas. El adoquinado, los portales, las fachadas encaladas: todo habla de un siglo XIX que aún palpita bajo el asfalto.

La Confusión que Despierta Curiosidad

Un dato curioso alimenta periódicamente el interés por este lugar. Es común que visitantes foráneos lleguen preguntando por los restos del Santo José Gregorio Hernández. La confusión es comprensible: en Caracas existe también una Iglesia de La Candelaria, y allí sí reposa el venerado médico.

Pero en Valencia, la historia tomó otro rumbo. Aquí la devoción no se centra en un santo moderno sino en la propia Virgen morena, en la memoria de los fundadores canarios y en una identidad forjada en el trabajo cotidiano. El “error” —si es que puede llamarse así— ha servido para que muchos se acerquen a este templo por una razón y terminen descubriendo otra historia igualmente valiosa.

Las Grietas del Presente

No todo en este relato es evocación nostálgica. Quienes visitan hoy la iglesia pueden notar un techo reparado pero no siempre fue así  en el año 2021 un deterioro que preocupaba los visitantes . El techo, en particular, habia sufrido daños que los feligreses denunciaba con creciente alarma. No se trataba solo de estética: es la integridad estructural de un patrimonio histórico lo que estába en juego Para febrero de 2022, se informó sobre la culminación de obras de rehabilitación, celebradas con una eucaristía..

Las intervenciones para conservar el edificio han sido una realidad. Hubo restauraciones importantes en el siglo pasado, la comunidad organizada alrededor del templo se moviliza periódicamente.

El 2 de Febrero

Si hay un momento en que el misterio de La Candelaria se vuelve tangible, ese es el 2 de febrero. En esa fecha, la festividad patronal convierte la plaza en un mar de velas, cantos y promesas. Llegan devotos no solo de Valencia sino de otras ciudades del estado Carabobo. Las familias que tienen generaciones en el barrio se reúnen, y los recién llegados descubren una tradición que parece detener el tiempo.

No es una celebración solemne en el sentido rígido de la palabra. Es una fiesta popular, con la alegría contenida pero profunda de quienes acuden a cumplir un pacto con lo sagrado. Se encienden velas, se depositan flores, se susurran peticiones que nadie más escucha. Y en medio del bullicio, hay un silencio interior que cada quien guarda para sí mismo.

Para los escépticos, es apenas una expresión más de religiosidad popular. Para los devotos, es la prueba de que algo —o alguien— sigue velando por este rincón de Valencia. Y para quienes investigan, es un fenómeno antropológico que muestra cómo una comunidad inmigrante logró implantar sus símbolos con tal fuerza que, dos siglos después, siguen estructurando la vida de la parroquia .

Lo que las Piedras Callan

Cada templo antiguo tiene su enigma. En La Candelaria, quizás el mayor enigma es su propia persistencia. No fue construido con los recursos de una orden religiosa poderosa ni bajo el patrocinio de una familia acaudalada. Fue levantado por inmigrantes que llegaron con lo puesto y una imagen sagrada como único capital. Y sin embargo, ahí sigue.

Los túneles, si existieron, hoy estarán sellados o derrumbados. Las sombras que algunos dicen ver por las noches serán apenas juegos de la luz contra las paredes centenarias. Pero el hecho incontrovertible es que este lugar sigue atrayendo. No solo a fieles, sino a curiosos, a historiadores, a gente que busca algo que no sabe nombrar.

La parroquia Candelaria, la plaza Miguel Peña, la iglesia que mira al sur: todo eso es un mismo código. Un código que habla de viajes transatlánticos, de identidades que se reinventan, de una Venezuela que aprendió a ser nación mientras los campanarios marcaban las horas. Descifrarlo requiere menos de documentos secretos que de la disposición a escuchar lo que las piedras callan.

Al atardecer, cuando las campanas repican para convocar a misa, los vecinos del barrio siguen su rutina sin sobresaltos. Los visitantes, en cambio, a menudo se detienen un instante. Algo en el aire, en la luz que se filtra por las puertas abiertas, en la quietud de la plaza, les dice que han pisado un lugar distinto. No necesitan explicaciones. El misterio, como siempre, no exige ser resuelto. Solo requiere ser respetado.

La Iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria no se anuncia con estridencias. Se deja encontrar
La iglesia que mira al sur: todo eso es un mismo código. Un código que habla de viajes transatlánticos, de identidades que se reinventan, de una Venezuela que aprendió a ser nación mientras los campanarios marcaban las horas
La historia tomó otro rumbo. Aquí la devoción no se centra en un santo moderno sino en la propia Virgen morena, en la memoria de los fundadores canarios
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