1318 x 300

La Plaza la Glorieta el embrujo de lo que permanece / AUDIO

 

 

Por Carlos Tovar

Hay lugares que la modernidad pasa por alto, pequeños universos encapsulados donde el aire se resiste a fluir al ritmo frenético de las ciudades. La Plaza La Glorieta, en el corazón de la parroquia San Blas, es uno de esos enclaves: un susurro de la Valencia antigua que aún palpita entre casas de estirpe colonial y esquinas que conservan la memoria de lo que un día fue la entrada principal a la ciudad . Quien llega hasta ella por la calle Colombia —antaño conocida como «calle Real» o, en un arrebato popular, «la calle de la traición de Judas»— no tarda en percibir que ha cruzado un umbral invisible. El bullicio cede, la luz se tamiza entre las ramas centenarias y una sensación de paz, casi irreal, envuelve al visitante como un abrazo  invisible de armonia.

Las voces de la plaza

Orlando Morao, abogado de oficio y vecino de toda la vida, recibe con la cortesía de otros tiempos. Mientras el café humea entre sus manos, sus ojos se pierden en el kiosco que alguna vez albergó pequeñas orquestas y serenatas de antaño . «Esto no siempre tuvo rejas», comenta señalando el perímetro de hierro que hoy la bordea. «La plaza era abierta, un punto de encuentro natural. Por aquí pasaba el tranvía, y este lugar era parada obligada. No hay fantasmas, no crea, pero sí una energía especial. Se respira la Valencia de ayer, esa que muchos olvidaron».

A pocos pasos, doña Carmen Alvarado remueve recuerdos de su juventud con una mezcla de picardía y recogimiento. «Cuando yo era muchacha, corría la voz de que en las noches, algunos pobladores de San Blas veían la escultura moverse. Decían que la mujer de bronce caminaba en las madrugadas con sus dos niños», susurra como si aún pudieran escucharla entidades de otro plano. Luego sonríe y matiza: «Pero eso era en otra época, cuando el valenciano estaba más conectado con lo mágico, con lo sobrenatural. Ahora estamos más sordos a esos susurros».

La huella del tiempo

Lo cierto es que La Glorieta guarda más historia que leyendas. Su origen se pierde en las primeras décadas del siglo XIX, cuando el general español Pablo Morillo levantó el puente sobre el río Cabriales —entonces cristalino— y este espacio comenzó a tomar forma como límite de la ciudad . Algunos cronistas sostienen que la plaza es contemporánea a ese puente; otros retrasan su fundación a 1885, cuando San Blas fue erigida oficialmente como parroquia. Lo indiscutible es que en 1941, por orden del entonces presidente del estado Carabobo, José Rafael Pocaterra, La Glorieta fue reconstruida, dotándola de gran parte del esplendor que hoy conserva .

A lo largo de los años, el lugar ha sido testigo de múltiples metamorfosis. En 2003, el alcalde Francisco «Paco» Cabrera impulsó una remodelación que devolvió brillo a sus lajas y jardines. Más recientemente, en marzo de 2024, una nueva intervención municipal rescató del olvido sus bancos metálicos, revitalizó el gazebo y rindió homenaje a las heroínas de la independencia con murales que ahora custodian el perímetro .

La instrucción como símbolo

Pero si hay un alma en esta plaza, esa es la escultura conocida como «La Instrucción». Erigida en 1913, de autor anónimo, la pieza de bronce representa a una mujer sentada, rodeada por dos niños: uno ricamente vestido, recostado en su regazo; el otro descalzo, humilde, inclinado ante ella . Es una alegoría de la enseñanza como igualadora de clases, un mensaje de profunda ternura y justicia social que ha sobrevivido a gobernantes y modas. Durante años, una capa de pintura color bronce desvirtuó su originalidad, hasta que en 2003 fue restaurada, recuperando el tono noble del metal. Hoy, los pequeños juegan a sus pies ajenos al peso simbólico que custodia sus juegos.

Una rareza arquitectónica

Uno de los hechos que hacen única a esta plaza es su condición de estar atravesada por una calle —la Colombia— que la divide en dos semicírculos . Esta peculiaridad la sitúa como una de las dos únicas plazas en el mundo con esta característica, un dato que pocos conocen pero que los habitantes de San Blas repiten con orgullo. Los viejos cañones incrustados en sus extremos, vestigios de épocas bélicas, y el kiosco central completan una estampa que parece diseñada para la contemplación.

El llamado de La Glorieta

Hoy, mientras la tarde cede paso a una luz anaranjada que acaricia las fachadas coloniales, la plaza sigue allí. Protegida por sus rejas, por la lealtad de sus vecinos y por esa atmósfera única que la convierte en un remanso dentro de la urbe. Quien busca respiro, quien desea sentir que viaja a otro tiempo sin moverse de Valencia, encontrará en La Glorieta un espejo de paz. Es, como bien dicen sus custodios, uno de los secretos mejor guardados de una ciudad que aún tiene mucho por revelar. Porque Valencia no es solo ruido y prisa; también es este rincón donde el pasado, sencillamente, se niega a pasar de largo.

 

La plaza que el tiempo olvidó: un viaje al corazón secreto de Valencia
Lo cierto es que La Glorieta guarda más historia que leyendas. Su origen se pierde en las primeras décadas del siglo XIX, cuando el general español Pablo Morillo levantó el puente sobre el río Cabriales
A lo largo de los años, el lugar ha sido testigo de múltiples metamorfosis. En 2003, el gobernador Francisco «Paco» Cabrera impulsó una remodelación que devolvió brillo a sus lajas y jardines. Más recientemente, en marzo de 2024
TUFLASHNEWS

Otras Noticias

Más Leídas