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Cadete porteño contó como sobrevivió en Catia La Mar durante el terremoto

Sofia de Sánchez

Para Marwis Alejandro Marval Rodríguez, un joven de 17 años oriundo de Puerto Cabello, el 24 de junio dejó de ser una fecha patria para convertirse en el día en que volvió a nacer. El cadete de primer año en la Universidad Marítima del Caribe (UMC), jamás imaginó que su disciplina y templanza serían puestas a prueba no en altamar, sino en medio del peor desastre natural en la historia reciente de Catia La Mar, estado La Guaira.

Cuenta Marwis que el día anterior había sido extraño; un aguacero torrencial, preñado de relámpagos y estruendos inéditos pareció anticipar la catástrofe. Al día siguiente, 24 de junio, tras el almuerzo, la rutina estudiantil transcurría con normalidad en la vivienda alquilada ubicada en la calle principal del sector La Lucha que compartía con los hermanos Luis y Andrea, procedentes del estado Anzoátegui. Los chamos planchaban sus uniformes y repasaban materias cuando a las 6:00 p.m., el teléfono de Marwis vibró con una alerta de sismo, seguida inmediatamente por otra alarma: Sismo inminente.

Segundos de terror y una reja trabada

Descalzo, en short y sin franela, Marwis corrió a la habitación de sus compañeros, en ese instante, la tierra rugió. El doble terremoto comenzó a sacudir la estructura con furia. Los tres jóvenes se lanzaron hacia las escaleras del segundo piso mientras las paredes se agrietaban. Entre los bandazos del temblor, Andrea resbaló; su hermano y Marwis, en una reacción refleja, lograron atraparla en el aire antes de que rodara al vacío.

Al llegar abajo, el pánico aumentó: una motocicleta de los vecinos obstruía el paso y una columna colapsó, doblando la reja principal y trabándola. Con el eco de alaridos y llantos en la calle, los tres estudiantes y un señor de la planta baja unieron sus fuerzas desesperadas, golpeando y halando el metal hasta que cedió. Salieron a la calle justo a tiempo: la vivienda colapsó a sus espaldas.

El laberinto del dolor

El panorama exterior era dantesco. Mientras corrían por el centro de la calle para evitar los escombros de las casas que se desplomaban a los lados, el pavimento se abría bajo sus pies. Marwis fue testigo de escenas desgarradoras: un hombre perdía un brazo aplastado por los bloques, personas ensangrentadas yacían en el suelo y el aire se volvía irrespirable por el polvo.

Al llegar a la Avenida Páez, el horror continuó, vieron a personas caer desde la pasarela. Evaluaron huir hacia el puente del estadio César Nieves, pero el peligro de colapso los hizo desviar el rumbo hacia el estacionamiento de Farmatodo, cerca del elevado. Allí, frente a sus ojos, la ferretería local se derrumbó por completo, sepultando a quienes buscaban refugio en sus cercanías, vieron a la gente de rodillas, implorando misericordia divina.

Incertidumbre bajo las estrellas

Con la caída de la noche, la oscuridad fue total debido al corte eléctrico. El estacionamiento se transformó en un refugio improvisado al aire libre donde reinaba el ulular de las sirenas. Marwis, Luis y Andrea buscaban espacios abiertos, lejos de postes y cables. Aunque las autoridades llegaron con agua y comida, los insumos eran insuficientes. Los tres estudiantes cedieron su turno a niños y ancianos, quedándose sin probar una sola gota de agua.

A las 11:00 p.m., en un breve destello de señal telefónica, lograron comunicarse con sus familias para dar la fe de vida que trajo un respiro en medio de la angustia a sus padres que se imaginaban lo peor. Sin embargo, la noche guardaba más tensión, a eso de la medianoche, un grupo de vándalos aprovechó la penumbra y la ausencia de autoridades en la zona para saquear el Farmatodo, ante la mirada impotente del gerente y de los heridos, el local fue vaciado en minutos. En un giro irónico del destino, los saqueadores comenzaron a lanzar botellas de agua hacia el exterior; gracias a eso, los tres jóvenes pudieron finalmente hidratarse.

La travesía del regreso a casa

Tras una noche en vela marcada por las constantes réplicas, el amanecer expuso la magnitud de la tragedia. Decididos a recuperar lo mínimo, regresaron a los escombros de su residencia sorteando cuerpos atrapados y gritos de auxilio. Con pocas pertenencias a cuestas, caminaron hacia el aeropuerto de Maiquetía.

El transporte formal no existía; solo una marea de motorizados prestaba apoyo. El ingenio del cadete y sus compañeros los llevó a pedir auxilio al chofer de una grúa que removía un vehículo. Este los trasladó hasta El Trébol, en la entrada de Catia La Mar. En medio del caos vial, consiguieron un vehículo particular dispuesto a llevarlos a Caracas, aunque el conductor se aprovechó de la emergencia cobrándoles 100 dólares.

Ya en la capital, la pesadilla empezó a disiparse. Un tío de los hermanos los recibió, mientras que Marwis fue movilizado hacia Gato Negro y de allí al Terminal de La Bandera donde un taxista lo trasladó finalmente a Valencia, donde sus padres lo esperaban con el corazón en la boca.

Hoy, Marwis Alejandro se recupera en la seguridad de su hogar en las urbanizaciones San Esteban y Valle Verde de Puerto Cabello. No tiene grandes heridas físicas, solo raspones leves; pero en su memoria portará para siempre las lecciones de supervivencia, solidaridad y fortaleza de la noche en que Catia La Mar tembló.

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