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El acuario donde el agua guarda secretos / AUDIO

 

Por: Carlos Tovar 

Nuestra querida Valencia nunca deja de sorprender. Mencionar el acuario es, para muchos, abrir una puerta directa a la infancia, a las tardes de escuela, al asombro de un primer encuentro con lo salvaje. Pero tras esa bruma de nostalgia, hay otras historias que han permanecido en silencio, esperando ser contadas. Este relato es una invitación a recorrer sus pasillos no solo con los pies, sino con la curiosidad de quien sospecha que, entre peces y memorias, habita lo insólito.

Los muros que bebieron historia

El ZooAquarium de Valencia, cuyo nombre oficial honra al doctor Juan Vicente Seijas, abrió sus puertas un 21 de diciembre de 1975. Pero mucho antes de que sus tanques albergaran vida, estas piedras ya cumplían una función vital: fueron la sede de la Vieja Caja de Agua, el primer acueducto de la ciudad, inaugurado en 1887 bajo el impulso de Antonio Guzmán Blanco.

Los visitantes caminan hoy por corredores que alguna vez distribuyeron el caudal que daba vida a una ciudad en crecimiento. Se dice que bajo sus cimientos se extienden túneles y pasadizos de aquella época, quizás conectados con el centro histórico de Valencia. Nadie ha podido confirmar su destino, pero la imaginación popular ha tejido a su alrededor rutas de escape, memorias de agua que aún corren en la oscuridad.

El eco rosa de las toninas

Durante décadas, la fama de este lugar trascendió fronteras gracias a un habitante singular: la tonina del Amazonas, el delfín rosado de agua dulce. Fue aquí, en 1994, donde el mundo celebró un hito: la primera cría en cautiverio de esta especie. Años después, en el 2000, llegaría Telemaco, otro nacimiento que consolidaba al acuario como pionero absoluto.

Generaciones enteras crecieron con los nombres de aquellas estrellas acuáticas: Artemis, Helena, Ulises y Penélope. Sus saltos sincronizados eran el clímax de cada visita. Sin embargo, el tiempo cumplió su ciclo y los últimos ejemplares partieron. Hoy, al llegar, muchos visitantes buscan aún con la mirada aquella piscina, esperando ver la estela rosada que ya no regresa. El vacío dejado por las toninas es quizás el mayor de los misterios: no hay un fantasma que ronde, sino la ausencia de un mito que aún late en la memoria colectiva.

Sombras en el serpentario

Si hay un lugar dentro del complejo donde la realidad y la leyenda se funden, ese es el serpentario. Considerada una de las colecciones más importantes de Latinoamérica, sus instalaciones albergan especies que han llegado allí en circunstancias poco comunes.

Los cuidadores cuentan entre ellos historias que rara vez se escriben en los informes oficiales. En las noches de guardia, cuando el parque cierra y los muros de piedra antigua parecen respirar, algunos aseguran percibir movimientos más allá de los recintos cerrados. No se trata de fugas, dicen, sino de la presencia persistente de algo que se desliza entre las sombras. El lugar, con su arquitectura de otra época, presta su atmósfera a estas narraciones que circulan con cautela, como si quien las escucha corriera el riesgo de convertirse en parte de ellas.

No todo es misterio. En las charlas educativas, una pitón albina rescatada se ha convertido en embajadora inesperada, ayudando a los visitantes a transformar el miedo en asombro.

El lago y sus profundidades

El acuario mira hacia el Lago de Valencia, la cuenca endorreica conocida también como Lago de Tacarigua. De sus aguas, que esconden yacimientos arqueológicos de civilizaciones anteriores a la colonia, provienen muchas de las especies que nadan en los tanques.

Entre pescadores y lugareños persiste la creencia de que en las zonas más profundas y turbias del lago habitan peces de tamaños anómalos, criaturas que los reportes científicos no alcanzan a clasificar. Al llegar al acuario, esas leyendas se transforman en rumores: se comenta que algunos de los ejemplares exhibidos llegaron allí tras capturas que nadie termina de explicar. Los tanques, entonces, se convierten en vitrinas de lo desconocido, y el agua del lago parece conservar, incluso dentro del parque, sus secretos milenarios.

Un refugio entre siglos

Con sus 50 años recién cumplidos en 2025, el ZooAquarium ha evolucionado. De ser un espacio dedicado casi exclusivamente al mundo acuático, se ha convertido en un refugio para jaguares, pumas y cóndores que llegaron como parte de programas de rescate y conservación. La granja de contacto, por su parte, sorprende a quienes descubren, por ejemplo, la fuerza inesperada en la cola de un mono, un detalle que los guías narran con la certeza de quien ha visto la naturaleza en su forma más directa.

Pero quienes lo conocen bien saben que este no es un simple zoológico. Es un punto de encuentro entre épocas, donde una casona del siglo XIX convive con un tanque moderno, y donde el patrimonio histórico se sostiene a la par del patrimonio natural.

Un lugar que late distinto

Valencia corre al ritmo de las horas, del tránsito y el cemento. Sin embargo, al cruzar el umbral del acuario, el tiempo parece adoptar otra textura. Las instalaciones actuales funcionan como un bálsamo para quienes buscan reconectar con lo esencial, aunque sea por un rato.

Quien llegue por su cuenta encontrará que los horarios invitan a la calma: de martes a viernes, de nueve de la mañana a cuatro de la tarde; sábados y domingos, con una hora más para dejarse envolver por la penumbra vespertina.

Al final, el ZooAquarium Juan Vicente Seijas no es solo un lugar de conservación o investigación. Es una caja de agua que sigue manando relatos, un archivo de lo que fuimos y un espejo de lo que aún no terminamos de comprender. Entre sus muros, lo inexplicable no se impone: se insinúa, esperando a que alguien, con la mirada atenta, decida por fin escucharlo.

El ZooAquarium de Valencia, cuyo nombre oficial honra al doctor Juan Vicente Seijas, abrió sus puertas un 21 de diciembre de 1975
Los cuidadores cuentan entre ellos historias que rara vez se escriben en los informes oficiales. En las noches de guardia, cuando el parque cierra y los muros de piedra antigua parecen respirar
Valencia corre al ritmo de las horas, del tránsito y el cemento. Sin embargo, al cruzar el umbral del acuario, el tiempo parece adoptar otra textura
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