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viernes, febrero 16, 2024
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Los ojos del diablo

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Por Carlos Raúl Hernández
Julián Benda en 1926 hablaba de “la traición de los intelectuales…el cataclismo de los conceptos éticos de quienes educan al mundo”, el desprecio por los valores universales y el enamoramiento de particularismos de la tribu. Jerzy Kosinsky contaba en El pájaro pintado que los campesinos analfabetos arios de la Europa central, evisceraban los ojos a los niños que los tenían negros, porque eran los ojos del diablo. En mis suficientes años de docencia, he asumido la obligación de hacer que los estudiantes confronten las versiones históricas y antropológicas falsas que recibían de cierto proletariado profesoral, servil a comentarios oídos, ni siquiera leídos, de popes del anacronismo, entre ellos Claude Lévi-Strauss. Les inculcaban el absurdo de que todo giraba sobre la etnia, el pueblo, la tribu, y debía preservarse su “pureza”, su volksgeist (genio popular) de las influencias extranjeras. Jamás ninguno de los atropellos cometidos por los españoles durante el breve período de la conquista, fue lejanamente comparable al monstruoso genocidio de cientos de miles de indígenas vecinos por los aztecas y los incas, por lo que Escohotado califica al primero como el régimen más cruel de la historia.

Angel Rosenblat y Alfred Kroeber señalan improbable que hubiera más de 20 millones de hab. en la región, porque los indígenas vivían en la edad de piedra, no conocían el arado, la agricultura, ni la rueda y no producían alimentos suficientes, pero la comedia de Galeano habla de 80 millones de indígenas asesinados en la conquista. Lo de “pueblos originarios” enaltece el primitivismo contra la universalidad, en truculenta “limpieza” de influencias extranjeras que forman parte inseparable de la condición latinoamericana, etnia, historia y cultura, porque somos negros, indios y españoles. Solo es posible saber quiénes somos si partimos de los procesos continuos de integración humana, de mestizaje, que resultan en la sociedad actual. Luego del breve período de conquista, vinieron tres siglos de mestizaje biológico y cultural. La traición de los intelectuales es hoy posmoderna, la deriva reaccionaria, la obsesión identitaria, neorromántica, mientras el marxismo y la Ilustración son universalistas. Tienen el mismo valor “la música” de perdidas comunidades amazónicas, que consiste en golpearse el pecho con los puños, que la Novena Sinfonía. Ambas son “cultura”.

Quien toca un cencerro es igual que Paganini. Y si Ud. objeta semejante exabrupto, aparece la horda identitaria con el término: “eurocéntrico”, y la ristra de gafedades. Detrás de toda esta aberración intelectual y moral, reaparece la maldición de occidente: la división irreconciliable inventada por intelectuales revolucionarios, entre burguesía y pueblo, ahora multiplicada por odio entre hombres, mujeres, homosexuales, heterosexuales, negros, blancos, muchos más disolvente que la lucha de clases. El indigenismo ancestralismo priva en el intento de separación de Cataluña, que no lo encabeza William Wallace sino “estadistas” como Carles Puigdemont, Pablo Iglesias -pescador de aguas turbias-, Yolanda Díaz, Rufián; pájaros rucios que pretenden hacer grandes negocios con la destrucción de España, tener su propio chiringuito. parroquial a cambio de liquidar el primer el país que alcanzó la unidad nacional en Europa. Un referéndum infame, adulterado, miserable -hecho por sus autores, diría Pero Grullo- riega en 2017 la independencia que anuncia frutos repulsivos en 2024.

Hábiles puigdemontes y rufianes, lanzan lenguaradas en ese dialecto que pretende ser idioma por las malas, de una Cataluña “sojuzgada”, aunque en su ambiente común, en los comederos de fideua, las bodeguetas y las cavas de Las Ramblas, priva el desprecio por mestizos, latinos, españoletos y demás sangresucia. Otro pueblo “sometido”, los vascos, llaman con grima maketos a los extranjeros que caminan por Bilbao o San Sebastián. Pertenecer a grandes centros civilizados es opresión. Un extraño pescado vasco, Sabino Arana, teórico de los nacionalismos españoles, pudró los atisbos de un nacionalismo vasco, si es que lo hubiera, con la torpe idea de que la “raza euskera” es aria germánica, en una Europa con mezcla judía, étnicamente inferior. La posmodernidad, SIDA de la cultura, revive el derecho de etnias y naciones a la secesión contra las mega sociedades. Los indigenistas del fenecido Foro de Sao Paulo y los posmos europeos, se dieron la mano con la derecha radical, el anarcocapitalismo o anarcoliberalismo, ideólogos de liquidar el Estado, porque solo en comunas puede reinar la libertad, tal como querían los anarcoterroristas de izquierda.

Hasta ahora la desmembración estatal era propia de los estados fallidos, guerras civiles o terremotos políticos, aunque en la era de Pedro Sánchez, el lobby micro nacional sería el nuevo partero de la historia. Con excepciones esos recienacidos micro estados estarían lejos de la libertad utópica y los movimientos que los originan tienen muy pocas virtudes en ese sentido. Los amotinados, minoritarios y privilegiados, emplastan una falsa épica nacional, una leyenda inventada y reaccionaria, reviven el mito de la sangre, creado por los alemanes del siglo XVIII para justificar la tara nacionalista. Rechazan la globalización y aferran la pequeña parroquia sagrada, porque como escribió Johann Hamann, su principal expositor, “la patria es el lugar donde tenemos hijos en las escuelas, amores en las calles y huesos en los cementerios”. Alemania era entonces una nación atrasada, política, económica, científica y tecnológicamente. La controlaban 300 príncipes enanos, fatuos y prepotentes, que Napoleón reduce a 36 de un plumazo, sin capacidad mínima para unificarse como sí hicieron los demás de Europa. Su odio a la Francia de las Luces, brillante y poderosa se hizo oscurantismo ideológico.

Cobraron carta de legitimidad el espíritu subdesarrollado, el odio al cambio, y los nacionalsocialistas de Hitler usaron en el siglo XX el Volksgeist para casi acabar con la civilización. Así los mitos, supersticiones, prejuicios eran cultura de una entidad superior al conocimiento científico, “el alma del pueblo” (“Dios es poeta, no matemático” dice William Blake). Hoy un multiculturalista comprensivo del terrorismo musulmán, si se le dice que el celular es mucho más útil que una burka, y plasma la alta civilización del grupo humano que lo creó, responde que el primero es un engendro capitalista, mientras la segunda tiene la belleza del pueblo y la dignidad de las etnias en lucha. Pero la alta cultura de los catalanes está escrita en castellano, la segunda lengua global, porque la suya está casi muerta y sobrevive porque obligan a la gente a perder el tiempo en aprender un dialecto que no se usa ni en Tarragona. Alguien decía que el catalán es un castellano mal hablado que quiere ser francés. La revolución enterró los regionalismos galos, Luis XIV y Luis XV arrancan un siglo antes con la unificación de las provincias bajo el puño de un Estado nacional, y la Asamblea Constituyente define nación como categoría jurídica, un espacio de derechos y deberes, con límites territoriales fijados por acuerdos (y violencia) entre estados diferentes.

Norteamericanos y franceses liquidaron la patria como pequeña historia. No se define por la impronta de la sangre, ni el silencio de los cementerios. Flamencos, valones y germanoparlantes componen Bélgica; franco parlantes y angloparlantes son igualmente canadienses. Y wasp, hispanos, irlandeses, italianos, chinos, japoneses, indios, son norteamericanos. La nación no es volksgeist, identidad nacional, ni la memoria mágica de nuestra infancia, ni “todo tiempo pasado fue mejor”, el rincón intenso donde perdimos la virginidad, la vieja pared del arrabal. Ese subconsciente colectivo se subordina ante los límites territoriales de la paz y la Ley trazados en pactos políticos . Así se construyó el mundo moderno, de ese equilibrio depende la civilización actual y si se permite que por la decisión de un puñado de comerciantes catalanes o de terroristas vascos jubilados, se rompa el hilo que mantiene el equilibrio global, tendería a deshacerse el rompecabezas del mundo. Después de Cataluña vendrían el País Vasco, Galicia, las Canarias y Andalucía. Valones y flamencos reclamarían patrias aparte y la Padania italiana, sus ancestros. Posiblemente Francia, España y Holanda podrían enfrentarse para recuperar la soberanía sobre Luxemburgo, Alemania podría exigir Alsacia y Lorena a los franceses. La paz no puede estar en la caja fuerte de tres docenas de catalanes con mucho tiempo libre, dinero, demasiadas agallas…y Podemos, que desea fabricarse otro laboratorio para experimentar y ver si renace.

@CarlosRaulHer

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