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viernes, febrero 23, 2024
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El País: Esposa y madre a los 14 años

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La página del diario El País, de España, reportó el drama sobre lo que ocurre en Mozambique, África, con matrimonios infantiles…
Monapo (Mozambique) – 
Joanita tiene la mirada perdida, una sonrisa a medias, 15 años y gestos de niña. Habla makua y un poco de portugués, pero poco. Su pelo está perfectamente recogido en trencitas muy pequeñas y peinadas hacia atrás. Va vestida con una camiseta roja y una capulana de mil colores, la tela tradicional que usan las mozambiqueñas en las zonas rurales como si fueran faldas. Joanita fue a la escuela, pero solo hasta que apareció “alguien que llegó y dijo que quería casarse”. El hombre la abordó durante varios días a la salida del colegio. Insistió en que vivieran juntos. Ella tenía 14 años, y acabó aceptando. No sabe explicar bien por qué quiso unir su vida a la de un desconocido mucho mayor que ella, pero sí sabe que todo salió mal desde el principio. Lo cuenta despacio y angustiada:

—Me encerró en su casa durante más de un mes. No me dejaba salir, ni siquiera para ir a ver a mi familia. Pero yo no sabía cocinar ni llevar una casa. No entendía qué tenía que hacer. Me sentía secuestrada. No me trataba bien. Luego, cuando me quedé embarazada, un día se marchó y no volvió más.

El pequeño Eridmilson, de cuatro meses, cuelga ahora todo el día del pecho aniñado de Joanita, que volvió a casa de su familia pidiendo ayuda porque no podía hacerse cargo del bebé. Ni de ella misma.

FOTOGALERÍA: UN DÍA CON JOANITA

Casilda, su madre, es abuela con 29 años. Y explica aquello a lo que Joanita no es capaz de poner palabras: que uno de los principales motivos por los que las niñas se casan es la pobreza extrema que las rodea. Quieren intentar salir de ella como sea. Incluso casándose con un hombre mayor y desconocido. Algunas reconocen que cuando empezaron a menstruar se pusieron a “buscar hombres” para salir adelante. En otros casos, son las familias las que las obligan, por la misma razón: para que el marido los ayude a todos económicamente y para tener una boca menos que alimentar. A veces también las fuerzan a casarse por haberse quedado embarazadas.

Casilda y Joanita viven en Miserepane, en el distrito de Monapo, en Nampula, en el norte de Mozambique. En su pueblo, el agua no sale del grifo, hay que ir a buscarla al pozo. La comida no se compra en el supermercado, hay que cultivarla y recogerla en el campo. No hay letrina en su casa de adobe y paja, que tuvieron que construir hace poco porque la anterior la arrasó un ciclón, algo bastante habitual. Y tampoco hay cocina, gas ni electricidad. Para hervir la mandioca seca recién molida, comida de base para toda la familia, tienen que hacer un fuego en alguna de las tres habitaciones mínimas de la vivienda, que da cobijo a siete personas: a ellas dos, al bebé Eridmilson y a los cuatro hermanos pequeños de Joanita.

Satisfacer las necesidades básicas, comer y beber, exige muchas horas y mucho esfuerzo en este punto del mundo. “Ahora, además, como tengo que cuidar al bebé, no puedo ir a la mashamba [el terreno que cultiva, a más de una hora de camino a pie] ni a trabajar a la procesadora de anacardos, y no tenemos comida”, lamenta Casilda. “Dependemos de lo que nos dan los vecinos. No tenemos ropa. La casa en la que vivimos no está bien. Estoy muy cansada de esta tristeza. Sobrevivimos gracias a Dios”.

Mozambique es el quinto país del mundo con la mayor tasa de matrimonio infantil. Casi una de cada dos mujeres de 18 a 24 años se casó siendo menor de edad, según datos de Unicef, organización con la que viajamos a varias comunidades en las que desarrollan programas para tratar de erradicar estas prácticas. En el norte es donde están los porcentajes más altos: en la provincia de Cabo Delgado y en la de Nampula, donde vive Joanita. Son, precisamente, las más pobres. La esperanza de vida en la región es de 53 años. Apenas se ven personas mayores en los pueblos.

El país es un ejemplo de un mal global. Hoy hay en el mundo 650 millones de mujeres y niñas que se casaron antes de cumplir los 18 años. Son una de cada seis. Y cada año, 12 millones más lo hacen, según las cifras que maneja Unicef. Las mayores tasas se dan en el África subsahariana (entre el 32 y el 40%, según las zonas), en el sur de Asia (28%) y en América Latina (21%).

Hay razones sociales y culturales en el matrimonio infantil, por supuesto, e incluso otras relacionadas con el cambio climático o los efectos de la pandemia, pero la pobreza las atraviesa a todas. Los cuatro países que superan a Mozambique en el porcentaje de este tipo de uniones son Níger, la República Centroafricana, Chad y Malí, todos africanos y entre los Estados más pobres del mundo.

1%76%

Mozambique: 53%

“En los países y comunidades pobres, además, cualquier imprevisto afecta y puede hacer aumentar el número de uniones prematuras”, explica Nankali Maksud, coordinadora del programa mundial del Fondo de Población de Naciones Unidas y Unicef para acabar con el matrimonio infantil. “Por ejemplo, los ciclones. Cuando no hay un Estado del bienestar que funcione, si las escuelas y las casas son arrasadas, las familias buscan soluciones. Y una de ellas es casar a las hijas para garantizarse nuevos ingresos. Lo mismo pasa con las crisis humanitarias. Muchas veces se casa a las adolescentes para protegerlas, para que se vayan a otro lugar. Hay que acelerar y abordar este problema desde todos los ángulos, porque afecta no solo a las niñas, sino a toda la sociedad: a la igualdad de género, a los embarazos prematuros, a la mortalidad infantil y durante el parto, a la violencia machista, a la educación… y provoca que una comunidad tenga menos recursos para salir de la pobreza”.

El matrimonio infantil debería estar erradicado en 2030, según los Objetivos de Desarrollo Sostenible aprobados en septiembre de 2015 por la ONU —la conocida como Agenda 2030—, pero muchos países están aún muy lejos de lograrlo y no parece que vayan a hacerlo en los próximos siete años. Unicef advierte más bien de que, al ritmo actual, se tardaría 300. Michelle Obama, Melinda Gates y Amal Clooney hicieron en diciembre en Malawi y Sudáfrica un llamamiento a actuar de forma urgente y sus tres organizaciones se han aliado para trabajar juntas en esta materia.

Belita tiene 17 años y vive con su hijo Albertino, de tres, en casa de su hermana en Monapo (Mozambique). Cuando tenía 14 se casó con un hombre mayor que la maltrató. Sueña con volver a la escuela.
Belita tiene 17 años y vive con su hijo Albertino, de tres, en casa de su hermana en Monapo (Mozambique). Cuando tenía 14 se casó con un hombre mayor que la maltrató. Sueña con volver a la escuela.SAMUEL SÁNCHEZ

Cárcel para el que se case con una menor

Cada vez son más los países que prohíben el matrimonio antes de 18 años. Y algunos de ellos, como Mozambique, los incluyen en el Código Penal. Desde julio de 2019, casarse con menores está castigado con penas de prisión de ocho a 12 años. Y se puede imponer hasta un año de cárcel a los que organizan o apoyan estas uniones. Tener relaciones sexuales entre un menor y un adulto está castigado con prisión de dos a ocho años. Y, si la chica se queda embarazada o contrae una enfermedad de transmisión sexual, la pena que se impone es de al menos ocho años. Los menores tampoco se pueden casar entre ellos, aunque en este caso es algo prohibido, no penado.

La ley es clara, y dura. El Gobierno y las distintas administraciones están muy concienciados con el problema. Hay numerosos planes e iniciativas en marcha, charlas, intervenciones sanitarias, socioeconómicas, educativas, laborales, policiales, judiciales. Unicef lleva a cabo programas contra el matrimonio infantil en las provincias de Nampula, Zambezia y Sofala, en colaboración con ONG locales, y los desarrollará este año en Cabo Delgado. Pero no es tan fácil acabar con una práctica que afecta a la mitad de las mujeres ni se puede meter a medio país en la cárcel. Es una labor, sobre todo, de concienciación social y familiar.

Las adolescentes hablan: estos son sus relatos

Las chicas de 13 y 14 en Mozambique son muy niñas. No están especialmente desarrolladas, y la mayoría son muy bajitas y delgadas. Muchas de ellas parecen mucho más pequeñas que una adolescente española de esa edad. No hay hambre en el país, pero sí muchas zonas con malnutrición crónica. Algunas de estas adolescentes han sido víctimas de malos tratos desde muy pequeñas, sin entender siquiera lo que les estaba pasando. Mientras sus maridos les reclamaban ser mujeres y comportarse como tales, ellas aún vestían camisetas con dibujitos de Minions.

—Me llamo Mendina. El hombre con el que me casé trabajaba en el puerto, en Nacala, pero solía venir a mi pueblo. Me convenció diciendo que podría seguir estudiando, que me ayudaría. Acepté porque no tenemos buenas condiciones de vida aquí, somos muy pobres, y yo quería ir a la escuela. Luego me quedé embarazada, y el bebé murió al poco tiempo. Yo tenía 14 años; él, 23. Yo era pequeña y débil. No podía lavar la ropa ni hacer las tareas de la casa. Me obligaba a hacer un montón de cosas. Me pegaba. Me insultaba. Era muy violento. Luego me quedé embarazada otra vez y empezó a pegarme más y a decirme que ese bebé no era suyo. Al final se acabó marchando y no lo he vuelto a ver. Yo volví a mi pueblo. Ahora vivo con mi hija Yumina, que tiene un año, en la casa de mi hermana y sus cinco hijos.

FOTOGALERÍA: “ME CASÉ CON 14 AÑOS”

Junto a Mendina están sus padres, Ricardo y Angelina. Como tantas familias, antes no sabían que estaba prohibido que las menores se casaran. Ahora sí lo saben. Aun así, cuando se les pregunta por qué favorecieron esa boda, suspiran y señalan a su alrededor, mostrando la pobreza de sus casas, los techos de paja medio caídos que dejan entrar parte del agua cuando llueve, la escasez de casi todo. “Ya ve cómo vivimos”, se defiende Ricardo. “Pensamos que nuestra vida mejoraría con la boda. ¿Qué íbamos a hacer?”.

Narran su día a día. Cómo se levantan a las tres de la mañana para ir a cultivar sus campos, que están a unos 10 kilómetros. Cómo pasan allí todo el día hasta las 12 más o menos, cuando el sol arrecia y no se puede aguantar el calor. Cómo mandan después a las niñas al río, que está a unos 40 minutos de distancia caminando, a llenar baldes enormes con agua que recogen de unos charcos que se forman junto a la orilla y que llevan de vuelta al pueblo sobre sus cabezas. En el río también lavan la ropa, y la ponen a secar, y se bañan. Cuando van a la escuela, muchas veces llegan tarde y las niñas están ya tan cansadas que se quedan dormidas. Ricardo y Angelina subrayan que ahora son conscientes de que Mendina tiene que estudiar y de que no debió haberse casado, pero dicen que, en las condiciones tan difíciles en las que viven, cada uno hace lo que puede.

A Belita también le pegaba y la humillaba su marido. Es un patrón: veinteañeros que se casan con crías de 14 años y luego enfurecen y les dicen que no saben ser buenas esposas. “Un día, mi marido llegó a casa y me preguntó qué había cocinado”, recuerda. “Cuando le dije que nada, me dio una paliza. Yo estaba embarazada”. Este hombre también acabó desapareciendo cuando nació el bebé, Albertino. Belita vive ahora con su hermana y sobrevive haciendo galletas y mandioca cocida con salsa de tomate y vendiéndolo en el pueblo.

FOTOGALERÍA: COMIDA Y AGUA

Cuando hablan de “matrimonio”, estas muchachas se refieren casi siempre a uniones informales que no pasan por el Registro Civil. Simplemente, se van a vivir con el hombre que les ha pedido que se casen. Los nacimientos muchas veces tampoco se registran, así que en estas comunidades la gente no tiene muy clara su edad ni tampoco la edad de sus hijos. Que el registro empiece a operar con eficacia es otro objetivo prioritario para las autoridades, porque probar cualquier cosa sin papeles que lo respalden es muy complicado.

Volver a ser niñas

Mendina y Belita van una vez a la semana a una terapia de grupo con otras chicas que se han casado siendo menores o que han sido víctimas de violencia sexual. Las historias que se escuchan son espeluznantes. La más pequeña de todas, de apenas 13 años, que parecen ocho, relata con la mirada fija, y sin decirlo de forma explícita, cómo su tío la violó una noche. Y Mendina llora inconsolable cuando cuenta la historia de su marido maltratador. Después de cada intervención se acercan las unas a las otras, se sonríen y se abrazan fuerte. “Las amigas son muy importantes”, dice Belita. “Cuando hablo con ellas estoy mejor”.

La terapia de grupo la lleva una psicóloga, Celeste Fabiao Chinsipo, una mujer dulce y amorosa que está en contacto constante con las chicas y que insiste en la importancia de que vuelvan a ser niñas. “La realidad es que algunas de ellas no lo han sido nunca, tampoco antes de casarse”, explica. “No han tenido acceso ni a lápices de colores. Aquí colorean, saltan, y se las ve felices haciendo todas estas cosas a pesar de tener ya 15 o 16 años. Han vivido cosas muy fuertes. Alguna se ha intentado suicidar. Son muchos los traumas que han pasado. Ahora están amamantando y cuidando todo el día a sus hijos sin estar psicológicamente preparadas para ello. Y en muchos momentos, además, creen que es culpa suya lo que les ha pasado. Yo les prohíbo decir nada malo de ellas mismas. Tienen que aprender a quitarse ese sentimiento y a volver a construir sus sueños. Pero no es fácil”.

Fuente original El País, de España

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